Wednesday, June 11, 2008

Bajo la Lupa

Alfredo Jalife-Rahme

■ Medvedev culpa de la crisis global a EU por su “egoísmo económico”



Nos encontramos ante una crisis global multidimensional que empezó con la grave crisis financiera de Estados Unidos (EU), que ha gestado las crisis energética y alimentaria, las cuales, en el contexto del cambio climático, se nutren mutuamente.

El flamante presidente ruso Dimitri Medvedev, en su discurso en el decimosegundo Foro Internacional Económico de San Petersburgo, ante la crema y nata de las trasnacionales petroleras y alimentarias anglosajonas, reforzó la cosmogonía del mundo multipolar de su antecesor y tutor: el hoy primer ministro Vlady Putin, quien resucitó a Rusia del sepulcro, gracias a su magistral tratamiento de la “carta de los hidrocarburos”, que permitió, en el lapso de ocho años, un crecimiento de cinco veces su PIB. ¡Al revés de la clepto-kakistocracia calderonista!

El discurso de Medvedev, un socialdemócrata del libre mercado regulado, constituye su nuevo programa económico en el que los hidrocarburos, de los que Rusia ostenta el primer lugar mundial, jugarán un papel determinante para requilibrar la armonía planetaria perdida, de la que culpa al “egoísmo económico” estadunidense: “Una de las principales razones de la presente crisis es precisamente la brecha entre el papel formal de EU en la economía mundial y sus capacidades reales” (Al Jazeera, 6/6/08).







Medvedev desea que Rusia participe en las “nuevas reglas” de la economía global y formuló que su estrategia de invertir en el extranjero no se basaba en “ambiciones imperiales”, sino en sus recursos energéticos: “Rusia es un jugador global y entiende su responsabilidad en el destino del mundo”.

Consideró que la “globalización era inevitable (sic)” y que el “mundo carecía de activos para invertir debido a la decepción con el dólar (…) el mundo es global por naturaleza. Los errores de países individuales afectarán a la economía en forma profunda”. Puso el dedo en la llaga respecto de la sobrextensión de EU: “no importa lo grande que sea el mercado estadunidense ni lo fuerte (sic) de su sistema financiero, ya que es incapaz de sustituir los mercados financieros y las materias primas globales”.

Su crítica al dólar y al “egoísmo económico” de EU es irrefutable, pero, con el debido respeto, confunde el modelo pernicioso de la globalización financiera desregulada y neofeudal con el universalismo que anhela el género humano. Su definición de globalización colisiona con la que aplican los especuladores de Wall Street y la City.

Mientras Rusia –mejor dicho, el BRIC (Brasil, Rusia, India y China)– juega a la geoeconomía y a la geoenergía, EU –mejor dicho, el G-7– apuesta antagónicamente a las geofinanzas. Esto lo entiende Medvedev, pero no lo sabe explicar cuando reclama cándidamente la creación de un centro financiero en Moscú, la instauración del rublo como divisa de convertibilidad global y la aceptación de las inversiones foráneas por las principales trasnacionales emergentes de Rusia.

Si durante la bipolaridad nuclear, ya no se diga la unipolaridad de EU, reinó el otrora omnímodo dólar, ahora asistimos a la eclosión de la multipolaridad de las divisas (euro, yen, libra esterlina, franco suizo y rublo; en espera de la convertibilidad de la rupia india y el yuan chino, y las futuras divisas de la anglósfera, del Unasur y del Consejo de Cooperación del Golfo de las seis petromonarquías árabes), en imagen y semejanza al incipiente nuevo orden mundial. Por cierto, a final de este año empezará a funcionar la nueva bolsa de intercambio de materias primas de San Petersburgo.

Neil Buckley y Catherine Belton, del Financial Times (7/6/08), reseñan que Medvedev culpó “a EU y a sus bancos por haber provocado en gran medida la presente crisis financiera”, cuyo “creciente egoísmo económico había contribuido a los problemas globales, incluyendo el alza en los precios de los alimentos”. Ponen de relieve su crítica financiera exageradamente diplomática: “no tomar en cuenta adecuadamente los riesgos de las principales compañías financieras, en combinación con una política financiera agresiva por la economía más grande del mundo, desembocó no solamente en pérdidas de las trasnacionales”, sino también “en la mayor pobreza de los habitantes del planeta, lo que es notorio en las economías de los países subdesarrollados y en la de los más avanzados”.

Fustigó el manejo financiero de EU: “las turbulencias provocadas por la crisis de los bonos hipotecarios de baja calidad (sub prime) expusieron lo inadecuado de las instituciones financieras internacionales dominadas por EU para regular con propiedad los complejos mercados financieros de hoy”.

Después de sentenciar que “constituye una ilusión que un solo país, aun el más poderoso, pueda actuar como un gobierno global”, reclamó “la reforma de las instituciones globales que reflejen adecuadamente el peso de los poderosos mercados emergentes” (léase: el BRIC).

Medvedev suena iluso, para no decir ingenuo, cuando convoca a una conferencia internacional en Rusia de los “jerarcas de las trasnacionales financieras y a líderes (sic) analistas financieros para lidiar con los problemas de los mercados globales”, por cierto, feudo que la banca israelí-anglosajona considera inexpugnable.

Bloomberg (7/6/08) agrega una frase relevante que no fue sopesada por Al Jazeera ni The Financial Times, en la que Medvedev considera que el mundo vive la “peor contracción económica desde la depresión de 1930”, de la que culpó, con justa razón, a EU. También criticó a las “instituciones globales responsables (sic) de la regulación financiera carente de palancas para contrarrestar el nacionalismo económico, cuando los intereses pragmáticos de los países dan lugar a preocupaciones políticas”, por lo que abogó por una “mejor coordinación entre las agencias reguladoras, un papel reformado para los servicios de calificación, parámetros de contabilidad más transparente y un sistema efectivo para promover la conducta racional (¡súper sic!)”.

Medvedev, el gran estratega en geoenergía, no entiende nada del manejo de las geofinanzas anglosajonas consustancialmente especulativas. Se nota que no asimiló la obra El Jugador, del genial Dostoievski, que debería tener como libro de cabecera para comprender la adicción especulativa incurable de las finanzas anglosajonas desde que las inventó el apostador escocés John Law en el siglo XVII.


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