Wednesday, June 11, 2008




2006: El pacto Gordillo-Calderón

"Intocable jefa real del mayor sindicato del país, propietaria de un partido político, Elba Esther es, al mismo tiempo, la mujer más poderosa y la dueña de la peor imagen pública de México". Así caracterizan los periodistas Arturo Cano y Alberto Aguirre a la lideresa magisterial en su libro Doña Perpetua, que la editorial Grijalbo pondrá en circulación este martes 3 de junio. Con autorización de la propia editorial, adelantamos aquí el capítulo "Los votos del magisterio", donde se narra la historia del pacto de última hora, entre la Maestra y Felipe Calderón, que dio al candidato panista una cantidad de votos decisivos para que apareciera como ganador el 2 de julio del 2006.

México, D.F., 2 de junio (apro).- Con el PAN jamás, dice la Maestra en sus primeros años al frente del SNTE. Ya como secretaria general del PRI, ve “incongruente” la política de alianzas aprobada en la asamblea nacional de su partido. Sólo hace posibles las alianzas con “el PRD y otros partidos, con el PAN no”, dice a corresponsales extranjeros, en 2002, con la secretaría general del PRI en la bolsa.

Brota su lenguaje retador: “¡Perdón, el PAN es el partido del gobierno! Puede ser con el que más distantes ideológicamente podamos estar, pero pragmáticamente visto, hay cuestiones en las que tendremos que hacer alguna alianza con Acción Nacional, y en la asamblea se acordó que no. Son de las cuestiones que confunden”.

La Maestra no tiene esas confusiones: “Hay claridad que el PRI no va apostar a los errores del gobierno, no, vamos a apostar a nuestra propia inteligencia. Lo primero que mostró la fórmula (ella y Roberto Madrazo) es capacidad de organización, de propuesta, pocos votos, como sea, pero es evidente… para enfrentarnos al aparato que nos enfrentamos tuvimos que tener buena organización, y pudimos llegar a la gente y utilizar adecuadamente lo mediático, que hoy sabemos es prioritario en cualquier campaña”.

Todo lo anterior dice Elba Esther Gordillo en encuentro con la prensa extranjera, poco después que Beatriz Paredes pidiera a sus simpatizantes dar “vuelta a la hoja” de la elección interna.

Luego, la Maestra se pregunta y se responde: “¿Qué es lo que quiere el PRI? Conducir la transición democrática. Para conducir esa transición tenemos que hablar con el gobierno federal, pero desde lo que somos, una oposición responsable, que sabrá decir al gobierno qué sí en aquello que le convenga al país y qué no. Pero algo que aprendieron en este año ellos (el gobierno) es que muchos les decían que sí… hubo una reunión en Gobernación, firman un acuerdo nacional, va un listado de buenas intenciones, lo firma el PRI, y al calce pone: ‘sujeto a consultar, sujeto a la aprobación del consejo’. Eso no lo vamos a hacer nosotros”, ofrece a su amigo Vicente Fox.

Con el paso de los años, es claro que los panistas tampoco quieren “cuestiones que confunden”, no. Quieren votos.

Y están dispuestos, en la puja en el mercado libre electoral, a olvidar lo que sea. La relación de Marta Sahagún con Elba Esther, por ejemplo. O, para ir más atrás, el “fraude patriótico” de 1986 o las relaciones peligrosas que ya con Gordillo como lideresa tiene el SNTE con los gobernadores panistas.

Desde finales del salinismo y a lo largo del sexenio de Ernesto Zedillo, el SNTE se enfrenta con los gobernadores panistas de Guanajuato, Baja California, Jalisco y Chihuahua, atorados ya los recursos de la descentralización en marcha.

Entre 1994 y 1995 la Maestra y el contador se enfrentan nuevamente: el magisterio de Chihuahua sostiene persistentes movilizaciones contra el gobernador Barrio, en batallas que tienen como eje la homologación salarial, pero en las que no está ausente la lucha por el control de los mandos del sistema educativo estatal.

En mayo de 1994 Barrio rechaza la demanda de incremento y homologación salariales de las secciones locales del SNTE: “Nuestra postura es firme, de no otorgar lo que el gobierno no está en condiciones de dar”, dice. En otro momento del pleito, rotas las negociaciones, Barrio acusaba a las huestes de Gordillo de practicar una “escalada violenta” contra los inspectores escolares provisionales designados por su administración.

Al final —Dios los hace y ellos negocian—, tras la intervención de Diego Fernández de Cevallos, el gobernador y la lideresa dan por terminado el conflicto.

Alberto Cárdenas Jiménez llega a la gubernatura de Jalisco en 1995, con una divisa: “(El SNTE) es un monopolio que lastima y atenta contra la dignidad de las personas”.

Pero en 2005, al romper la Maestra con el PRI, los dirigentes del PAN y los dos precandidatos se apresuran a darle la bienvenida.

El secretario general panista, Alejandro Zapata Perogordo, dice que no la quieren como militante, sino como “líder social” (los perredistas, comenzando por su presidente Leonel Cota Montaño, tampoco le hacen el feo).

La propia Gordillo reconoce entonces sus acercamientos con los dos aspirantes panistas e informa que Santiago Creel incluso le ha pedido ayuda.

Calderón, por su lado, habla de la necesidad de una amplia coalición para mantener la Presidencia de la República y añade: “Aunque reconozco que es difícil, no quiero descartar la posibilidad de integrar, no dentro del PAN quizá, sino dentro de esa coalición que lleve al triunfo al PAN, las preocupaciones de los maestros y de quienes los representan”.

“No hay que enseñarle el padre nuestro al señor cura”

Que lo hacen al cuarto para las doce. Eso dicen los cercanos de la Maestra respecto de la decisión de ir con Calderón como candidato a la Presidencia de la República. Que toman ese camino apenas un mes y medio antes de la elección, cerradas las puertas con Andrés Manuel López Obrador.

¿Cómo entender entonces la escena de la madrugada del 21 de marzo de 2006?

En el salón Versal de la avenida Constituyentes, en la Ciudad de México, esperan los dirigentes del SNTE, en una sesión del Consejo Nacional de Acción Política.

El primero de los invitados en llegar es Manuel Espino, quien hace chistes, se deja apapachar y se da el lujo de decir que su partido batalla para dejar de ser “electorero”.

Luego se incorpora Josefina Vázquez Mota: “Hemos construido una nueva y entrañable amistad”, le dice a Elba Esther, quien agradece con una sonrisa, luego de llamar “mi amigo Manuel” al dirigente de Acción Nacional.

Ya es entrada la noche y los dirigentes del sindicato magisterial matan el tiempo presentándose uno por uno. Hay una sobrerrepresentación de estados como Puebla, Durango, Zacatecas, Coahuila y Yucatán.

Cuatro meses antes, en noviembre de 2005, se había realizado una primera reunión con el aspirante panista. Según algunos asistentes a esa cita sin prensa, los maestros fueron “duros” con Calderón.

Las cosas han cambiado.

El recibimiento es cálido y es claro que el magisterio tiene candidato: “Soy de las que creen que no basta con la alternancia, hace falta la transición, esperamos ganar y esperamos así sea”, dice Elba Esther Gordillo.

El candidato del PAN se presenta queriendo ser bromista: “Soy Felipe Calderón, próximo presidente de la República y me apena mucho haber llegado tan tarde que hasta la sopa se enfrió”.

En medio de Josefina Vázquez Mota, vestida con un traje gris, y de la Maestra, con saco café y una mascada, Calderón se gana los aplausos del respetable público cuando dice: “Tuve aprecio por mis maestros y estoy dispuesto. Nomás me dan la guía. No hay que enseñarle el padre nuestro al señor cura”.

Luego, música para los oídos de Elba Esther Gordillo: “Ninguna transformación será posible sin sus liderazgos”.

A su lado, Vázquez Mota asiente con la cabeza.

Calderón atiende una ronda de preguntas y después se va con Elba Esther, a la casa de su hija Maricruz y su yerno Fernando González, donde establecen un acuerdo de principio, que no los obliga a nada más, después del 2 de julio.

Y es que Calderón es renuente a suscribir un pacto con Elba Esther. En el equipo de campaña no están de acuerdo por los costos que tendría que pagar.

El pacto entre la lideresa magisterial y el candidato presidencial del PAN es un logro de Vicente Fox. De hecho, el acuerdo no es entre Calderón y Elba Esther, sino entre el presidente y el candidato del PAN.

“Fue el presidente quien convenció a Felipe de negociar con Elba Esther. Pero si Calderón no lo hace, no se quedan en el poder”, confesó Jorge G. Castañeda a un grupo de amigos, con los que coincidió en Nueva York a finales de 2007.

Hay evidencia que ratifica ese dicho: Fox pide a Manuel Espino hacerse cargo de la relación con el equipo elbista.

El salón de la planta alta del restaurante Konditori de avenida Insurgentes Sur se convierte en la sede de esos encuentros, a los que acuden Fernando González y Miguel Ángel Jiménez, por parte de la Maestra; y del otro lado, Manuel Espino, Juan Camilo Mouriño, César Nava y Florencio Salazar Adame.

La jugada maestra

Empieza a lloviznar al sur del Distrito Federal la tarde previa al domingo 2 de julio, día de las elecciones presidenciales, y la sombra de la derrota amenaza a Felipe Calderón Hinojosa.

Con el informe de su tracking poll, Rafael Giménez, uno de los estrategas panistas, llega a la última junta del equipo de trabajo y sin matices informa que Andrés Manuel López Obrador termina la campaña como había iniciado, como puntero.

Los malos augurios no impiden, sin embargo, que Calderón Hinojosa corra a su casa para ver la patada inicial de la primera semifinal del campeonato mundial de futbol, que confronta a Brasil y Francia en el Waldstadion de Frankfurt, Alemania.

El candidato del PAN se traslada a San Jerónimo, y el grupo atiende con desgano la invitación del coordinador de la campaña, Juan Camilo Mouriño, para ver el juego en el Guadiana 19, un restaurante de cocina mexicana, plantado a un costado de la exhacienda de Chimalistac.

Franceses y brasileños empataban sin goles al medio tiempo cuando Giménez se incorpora a la mesa en la que, además de Mouriño, hoy secretario de Gobernación, están cuatro personajes que también forman parte del gabinete presidencial: Javier Lozano, secretario del Trabajo; Juan Molinar, director del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS); Arturo Sarukhán, embajador ante el gobierno de Estados Unidos, y Max Cortázar, director de comunicación social de la Presidencia.

Giménez trae bajo el brazo el último informe de la encuesta del día: López Obrador aventaja a Calderón por 1.4%. Todos quedan desconcertados. El encuestador trata de animarlos cuando les dice que si aplica un filtro de “votantes probables”, Calderón obtendría una ventaja de dos puntos.

* * *

Giménez es el capitán del equipo de encuestadores que durante siete meses realiza 2 mil 500 cuestionarios diarios para tomar el pulso de la campaña. Sus números le dicen que iniciaron la contienda con más de 10 puntos porcentuales de desventaja y que poco a poco fueron remontando la diferencia. Incluso hay momentos en los que rebasan al candidato de la izquierda.

Pero ese día, Ulises Beltrán, encuestador de los expresidentes Carlos Salinas y Ernesto Zedillo, informa el resultado del ensayo de su encuesta de salida. “Quisiera no haber visto lo que he visto”, les dice a Giménez y Mouriño, “Calderón salió abajo, por tres puntos”.

Faltan 12 horas para la apertura de las casi 122 mil 500 casillas.

El desánimo comienza a esparcirse entre los cercanos al candidato. Quizá por eso, Mouriño decide no divulgar los últimos datos, que registran una ventaja para López Obrador de 1.4 puntos.

Cuando empieza a caer la noche, Mouriño enfila hacia su departamento, ubicado en la calle de Sierra Gorda, en Lomas de Chapultepec, junto con Abraham Cherem, su asistente, y Jordi Herrera, exsecretario particular de Calderón, en funciones de jefe de la “operación de tierra” del PAN.

Apenas abre la puerta cuando recibe un telefonema de Felipe Calderón.

“¿Dónde estás? Acabo de colgar con la Maestra y necesito que te coordines con su gente ahora mismo”, ordena.

Ni un cuarto de hora pasa cuando el presidente nacional del Panal, Miguel Ángel Jiménez, y el entonces director general en la Secretaría de Educación Pública (SEP), Fernando González Sánchez, se apersonan en el lujoso departamento.

Los principales operadores políticos de Elba Esther Gordillo Morales ofrecen medio millón de votos al candidato panista.

A las tres de la mañana, un par de botellas de buen escocés ya han caminado, cuando Mouriño y sus visitantes concluyen la tarea de hablar, uno por uno, con los secretarios seccionales de la organización.

La instrucción de Gordillo es que los maestros dividan su voto: para presidente, por Felipe Calderón, para diputados federales, por los candidatos de Nueva Alianza, y libre, para el Senado… salvo en el caso del Distrito Federal, donde los votos son para el PRD y Marcelo Ebrard.

“La Maestra cambia la señal a través de Fernando: pide a sus cuadros que crucen el logotipo del PAN en la boleta presidencial y en el resto mantengan su respaldo a los candidatos del Panal, mientras que Juan Camilo cerraba el trato, con promesas que tendrían cumplimiento en el corto plazo. De ‘bateo libre’, la señal cambió por un ‘toque de sacrificio’ de último momento”, describe uno de los asesores calderonistas.

El domingo de las votaciones la Maestra permanece en su departamento de Galileo. Allí recibe la información de la encuesta de salida, diseñada por Jiménez, y con ella intercambia información con Calderón.

De hecho, la lideresa magisterial es quien hace que enfile su estrategia a convencer a algunos gobernadores del PRI a darle sus votos, desinflado Roberto Madrazo.

Calderón le confía esa tarea, pero, casi al mismo tiempo, Josefina Vázquez Mota ha emprendido la misma empresa. Elba Esther enfurece y vuelve a llamar a Calderón, para reclamar la iniciativa de la coordinadora de campaña. Vázquez Mota no vuelve a descolgar el teléfono.

Cerca de las 15 horas, la Maestra se da el lujo de llamar a su amigo, Manuel Camacho Solís. Le da la buena noticia de que Marcelo Ebrard sería, sin problemas, el próximo jefe de gobierno capitalino, pero le dice que Calderón terminará en Los Pinos.

“Licenciado, ya perdió su candidato. Váyanse preparando”, le anuncia.

La verdad histórica es tan contundente como los 233 mil 831 votos —equivalentes a 58 centésimas de un punto— con los que Calderón Hinojosa aventaja a López Obrador.

Por la noche, Elba Esther y su equipo festejan. Nueva Alianza ha obtenido el registro definitivo como partido político.

El voto inútil

Era imposible pronosticar el resultado de la elección presidencial de 2006 por el empate técnico entre los punteros, dice Roy Campos, director ejecutivo de la empresa Consulta Mitofsky.

Inconforme con el reclamo de que las encuestas —otra vez— se equivocaron, el encuestador del Canal de las Estrellas insiste:

“Si un votante, uno solo, hubiera modificado su voto en cada una de las 122 mil casillas que se instalaron en todo el país, López Obrador hubiera sido el ganador”, afirma.

Su afirmación, sin embargo, se deshace en la realidad. Como también la tesis de que los 500 mil votos ordenados a última hora por la Maestra dieron el triunfo a Calderón.

La única posibilidad para que Calderón Hinojosa lo superase en las urnas es que se diera un fenómeno de “voto útil”. Hubo actores políticos, como Jorge G. Castañeda, que llamaron a optar por el PAN, sin conmover a los votantes.

En las “campañas aéreas”, el único partido que trató de incentivar al electorado a ese voto estratégico fue Nueva Alianza. Pero con una lógica implosiva: querían que “uno de tres” de los sufragios que podían generarse a favor de sus candidatos se hiciera efectivo en las urnas.

Ése es uno de los spots con más “recordación” en la historia de la mercadotecnia política en México gracias a su jingle pegajoso y a las dotes dancísticas de Xiuh Guillermo Tenorio.

Casi en la misma proporción, Calderón y López Obrador recibieron más votos que los partidos o coaliciones que los postularon.

A la inversa, Madrazo y Roberto Campa Cifrián obtuvieron menos sufragios.

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