Thursday, May 28, 2009



Adolfo Sánchez Rebolledo

Entre otros de sus resultados, la crisis nos permite comprobar hasta qué punto las ideas de nuestros modernizadores se quedaron estancadas en el pasado. Mientras aquí gobiernos y empresarios sueñan con una reforma laboral para disminuir el peso de la organización sindical en la actividad productiva, en Estados Unidos se despliega un vasto movimiento que reivindica la sindicalización de los trabajadores, atacada y estigmatizada en tiempos de bonanza por la revolución conservadora en nombre del individuo y su libertad, faltaba menos.

El asunto no es una minucia. Para la poderosa AFL-CIO, dar a los trabajadores la libertad de formar sindicatos y negociar colectivamente es la clave para la vuelta de la economía y la reconstrucción de la clase media de América. Independientemente del significado atribuido al término clase media (también utilizado por Obama en el mismo sentido), hay en esta reflexión un elemento clave para la estrategia de la recuperación que en nuestras latitudes suele pasar de noche: es imposible imaginar, no ya un nuevo ciclo del estado de bienestar, sino al menos la salida de la crisis sin una política laboral centrada en el empleo como su eje principal. Y ello exige que los trabajadores intervengan en la negociación con su contraparte productiva, lo cual se hace difícil en las circunstancias actuales, pues en Estados Unidos sólo 7.5 por ciento de los empleados en el sector privado están sindicalizados.

Para lograrlo se tendrán que superar numerosos obstáculos políticos, legales y aun ideológicos, aunque las condiciones, magnificadas por los efectos negativos de la recesión, maduran en esa dirección. Un informe proporcionado por la AFL-CIO, el mayor organismo laboral de Estados Unidos, afirma que si se les diera la oportunidad, 60 millones de trabajadores estarían dispuestos a formar un sindicato mañana, para lo cual, empero, habría que superar la colusión de intereses que en los hechos impide el ejercicio de un derecho consagrado por las leyes. En ese país, la legislación establece el derecho a la libre organización, para formar, unirse o ayudar a organizaciones laborales..., pero en la realidad el empleador tiene todo el poder, controla la información y, en definitiva, decide las elecciones poniendo en juego mecanismos de intimidación que pervierten la naturaleza democrática de dicho proceso.

Para revertir estas desventajas, una amplia coalición de sindicatos, académicos, religiosos y defensores de los derechos civiles y humanos ha propuesto reformar la ley vigente para introducir una nueva figura jurídica que permita a los trabajadores acudir a un mecanismo expedito para crear y reconocer la organización de aquellos que prefieren la negociación colectiva, sin sufrir el acoso y la persecución patronal. Tal iniciativa se concretaría en la ley de libre elección del empleado, que incluye un sistema de firmas de fácil verificación y procedimientos para sancionar las tendencias antisindicalistas mediante las cuales suele burlarse el derecho a la organización.

En apoyo a la iniciativa, que ya está en el Congreso y tiene el respaldo presidencial, se han sumado las voces calificadas de un grupo de notables investigadores, entre los cuales se hallan varios premios Nobel (Arrow, Sollow y Stiglitz) y figuras de indiscutible renombre como Dean Baker, James Galbraith, Brad De Long, Robert Frank, Richard Freeman, Frank Levy, Lawrence Michel y Robert Pollin, entre otros. En un comunicado ampliamente difundido, los firmantes reivindican el papel esencial de la organización laboral en la construcción de una economía sana y próspera, dejando ver las terribles consecuencias acarreadas por el dogmatismo neoliberal en esta materia. Al respecto, escriben: En efecto: entre 2000 y 2007, el ingreso del hogar mediano en edad laboral cayó en 2 mil dólares, un desplome sin precedentes. En ese tiempo, prácticamente todo el crecimiento económico de la nación fue a parar a un reducido número de estadunidenses ricos. Una de las razones de peso que explican este paso que va de una prosperidad ampliamente compartida a una creciente desigualdad es la erosión de la capacidad de los trabajadores para organizarse sindicalmente y negociar colectivamente.

Aunque las comparaciones son odiosas, contrasta esta opinión con la indiferencia que aún prevalece en algunos medios académicos e intelectuales nacionales ante este aspecto crucial de la crisis, pero es sobre todo un campanazo a los importadores natos de ideología que aún insisten en convencernos de las virtudes del neoliberalismo en materia laboral y productiva. Es verdad que en los últimos tiempos, al calor del cambio de gobierno, se alzaron algunas voces reclamando el fin de los monopolios sindicales, pero es obvio que en ellas se prefigura más un cálculo sobre la repartición del poder económico que la restitución plena de los derechos sindicales y la abolición de la corrupción. Por desgracia, el tema de la organización de los trabajadores no está entre las preocupaciones de los grandes actores políticos, no obstante su relevancia en tiempos de crisis. La derecha se solaza con sus alianzas y se mimetiza con el pasado. La izquierda apenas si araña la problemática laboral y deja que el tema de la igualdad se vacíe de contenidos concretos, por mucho que se repita en los discursos con obsesiva reiteración.

Dicho de otro modo: las clases dominantes locales prefieren la asociación política con el sindicalismo vertical de origen corporativo, la manipulación corrupta de los sindicatos charros de triste memoria, el apoliticismo bien portado del sindicalismo blanco a la existencia de sindicatos fuertes (y democráticos, subrayo) capaces de negociar condiciones colectivas de trabajo dignas pero también de impulsar la productividad en la perspectiva de un proyecto nacional de futuro. Quieren productividad sin contrapartida; sumisión, no autonomía. La reforma laboral que viene cocinándose como panacea para reactivar la economía está concebida para igualar (entre comillas) las condiciones laborales y de contratación con las de nuestros vecinos. Son los deseos de una clase empresarial mimada por el poder cuya brújula ha sido enloquecida por la crisis.


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