Thursday, October 30, 2008





■ Manuel Mondragón y Kalb, jefe de la policía capitalina, en una reunión con Coparmex

■ De índole federal, la problemática que enfrentan, dice

■ “Buscaban una intervención y por lo menos un muerto, porque ya nadie los pela”

■ Sus comentarios provocan risas a empresarios

Mirna Servín Vega



Lo dijo firme, convencido: “si por mí fuera, yo los sacaba a patadas”. La declaración provino del jefe de la policía capitalina, Manuel Mondragón y Kalb, quien en ese tono respondió a la pregunta de una de las representantes de los empresarios agrupados en la Confederación Patronal de la República Mexicana en la ciudad de México, sobre el plantón que mantienen, desde mayo de este año, los integrantes del Movimiento de los 400 Pueblos en el Monumento a la Madre, que colinda con el Paseo de la Reforma, donde protestan, desnudos, casi todos los días.

¿Y saben cuánto tiempo nos tardaría sacarlos?, preguntó a los empresarios. ¡Diez minutos!, contestó momentos antes de firmar un convenio de colaboración entre la Coparmex, la SSPDF y el Consejo Ciudadano de Seguridad Pública y Procuración de Justicia del Distrito Federal, para que los empresarios pudieran denunciar delitos de forma expedita.



No conforme con su primera respuesta, Manuel Mondragón agregó: “además es muy bonita la visión. Ellas están muy guapas y ellos muy atractivos. Muy interesante”, dijo en tono irónico, lo que desató la risa de los empresarios asistentes al desayuno.

Inmediatamente después, el funcionario volteó hacia enfrente, donde estaban instaladas varias cámaras de televisión y se encontraban los reporteros que dan seguimiento a las actividades del funcionario.

Al caer en cuenta que sus declaraciones serían públicas y estaban grabadas, Mondragón se preguntó en tono jocoso por el cómo lo iban a tratar los medios de comunicación al día siguiente, cuando sus declaraciones se dieran a conocer.

“Ellos son mis amigos. Todos son mis amigos”, dijo todavía sonriendo a los empresarios con quienes compartía la mesa, al referirse a los reporteros.

El jefe de la policía del DF explicó entonces que la problemática de los integrantes del Movimiento de los 400 Pueblos se había originado en el estado de Veracruz, y se trataba de un asunto federal, por lo que la policía capitalina no intervendría.

Enfatizó que estos manifestantes buscaban una intervención y por lo menos que hubiera un muerto, “porque ya nadie los pela”. Lo que quieren es un muerto “para que tenga sentido que estemos aquí, porque nadie nos hace caso”.

Al final, Mondragón, Meyer Klip Gervitz, presidente del Consejo Ciudadano de Seguridad Pública y Procuración de Justicia del Distrito Federal y Juan de Dios Barba Nava, presidente de la Coparmex en el DF, suscribieron formalmente dicho convenio de colaboración.

Antes, al ser interrogado por los integrantes de Coparmex sobre la evaluación ciudadana realizada a los cuerpos de seguridad de la ciudad de México, Meyer Klip explicó que los resultados obtenidos hasta ahora señalan que 52 por ciento de la gente se siente segura en su calle y 28 por ciento en su colonia, es decir, 80 por ciento se siente más seguro en su entorno y las causas de ello se deben analizar para aplicarlas en las colonias que tienen una percepción negativa.

Agregó que se han recibido un millón 583 mil evaluaciones, de las cuales se han capturado 800 mil, de donde se desprende una cobertura de 59 por ciento de las colonias, con mil 305, además, esta población ha señalado a 5 mil policías que han desarrollado correctamente sus acciones.






[Cuento. Texto completo]

Mario Benedetti
1

Ambos somos feos. Ni siquiera vulgarmente feos. Ella tiene un pómulo hundido. Desde los ocho años, cuando le hicieron la operación. Mi asquerosa marca junto a la boca viene de una quemadura feroz, ocurrida a comienzos de mi adolescencia.

Tampoco puede decirse que tengamos ojos tiernos, esa suerte de faros de justificación por los que a veces los horribles consiguen arrimarse a la belleza. No, de ningún modo. Tanto los de ella como los míos son ojos de resentimiento, que sólo reflejan la poca o ninguna resignación con que enfrentamos nuestro infortunio. Quizá eso nos haya unido. Tal vez unido no sea la palabra más apropiada. Me refiero al odio implacable que cada uno de nosotros siente por su propio rostro.

Nos conocimos a la entrada del cine, haciendo cola para ver en la pantalla a dos hermosos cualesquiera. Allí fue donde por primera vez nos examinamos sin simpatía pero con oscura solidaridad; allí fue donde registramos, ya desde la primera ojeada, nuestras respectivas soledades. En la cola todos estaban de a dos, pero además eran auténticas parejas: esposos, novios, amantes, abuelitos, vaya uno a saber. Todos -de la mano o del brazo- tenían a alguien. Sólo ella y yo teníamos las manos sueltas y crispadas.

Nos miramos las respectivas fealdades con detenimiento, con insolencia, sin curiosidad. Recorrí la hendidura de su pómulo con la garantía de desparpajo que me otorgaba mi mejilla encogida. Ella no se sonrojó. Me gustó que fuera dura, que devolviera mi inspección con una ojeada minuciosa a la zona lisa, brillante, sin barba, de mi vieja quemadura.

Por fin entramos. Nos sentamos en filas distintas, pero contiguas. Ella no podía mirarme, pero yo, aun en la penumbra, podía distinguir su nuca de pelos rubios, su oreja fresca bien formada. Era la oreja de su lado normal.

Durante una hora y cuarenta minutos admiramos las respectivas bellezas del rudo héroe y la suave heroína. Por lo menos yo he sido siempre capaz de admirar lo lindo. Mi animadversión la reservo para mi rostro y a veces para Dios. También para el rostro de otros feos, de otros espantajos. Quizá debería sentir piedad, pero no puedo. La verdad es que son algo así como espejos. A veces me pregunto qué suerte habría corrido el mito si Narciso hubiera tenido un pómulo hundido, o el ácido le hubiera quemado la mejilla, o le faltara media nariz, o tuviera una costura en la frente.

La esperé a la salida. Caminé unos metros junto a ella, y luego le hablé. Cuando se detuvo y me miró, tuve la impresión de que vacilaba. La invité a que charláramos un rato en un café o una confitería. De pronto aceptó.

La confitería estaba llena, pero en ese momento se desocupó una mesa. A medida que pasábamos entre la gente, quedaban a nuestras espaldas las señas, los gestos de asombro. Mis antenas están particularmente adiestradas para captar esa curiosidad enfermiza, ese inconsciente sadismo de los que tienen un rostro corriente, milagrosamente simétrico. Pero esta vez ni siquiera era necesaria mi adiestrada intuición, ya que mis oídos alcanzaban para registrar murmullos, tosecitas, falsas carrasperas. Un rostro horrible y aislado tiene evidentemente su interés; pero dos fealdades juntas constituyen en sí mismas un espectáculos mayor, poco menos que coordinado; algo que se debe mirar en compañía, junto a uno (o una) de esos bien parecidos con quienes merece compartirse el mundo.

Nos sentamos, pedimos dos helados, y ella tuvo coraje (eso también me gustó) para sacar del bolso su espejito y arreglarse el pelo. Su lindo pelo.

"¿Qué está pensando?", pregunté.

Ella guardó el espejo y sonrió. El pozo de la mejilla cambió de forma.

"Un lugar común", dijo. "Tal para cual".

Hablamos largamente. A la hora y media hubo que pedir dos cafés para justificar la prolongada permanencia. De pronto me di cuenta de que tanto ella como yo estábamos hablando con una franqueza tan hiriente que amenazaba traspasar la sinceridad y convertirse en un casi equivalente de la hipocresía. Decidí tirarme a fondo.

"Usted se siente excluida del mundo, ¿verdad?"

"Sí", dijo, todavía mirándome.

"Usted admira a los hermosos, a los normales. Usted quisiera tener un rostro tan equilibrado como esa muchachita que está a su derecha, a pesar de que usted es inteligente, y ella, a juzgar por su risa, irremisiblemente estúpida."

"Sí."

Por primera vez no pudo sostener mi mirada.

"Yo también quisiera eso. Pero hay una posibilidad, ¿sabe?, de que usted y yo lleguemos a algo."

"¿Algo cómo qué?"

"Como querernos, caramba. O simplemente congeniar. Llámele como quiera, pero hay una posibilidad."

Ella frunció el ceño. No quería concebir esperanzas.

"Prométame no tomarme como un chiflado."

"Prometo."

"La posibilidad es meternos en la noche. En la noche íntegra. En lo oscuro total. ¿Me entiende?"

"No."

"¡Tiene que entenderme! Lo oscuro total. Donde usted no me vea, donde yo no la vea. Su cuerpo es lindo, ¿no lo sabía?"

Se sonrojó, y la hendidura de la mejilla se volvió súbitamente escarlata.

"Vivo solo, en un apartamento, y queda cerca."

Levantó la cabeza y ahora sí me miró preguntándome, averiguando sobre mí, tratando desesperadamente de llegar a un diagnóstico.

"Vamos", dijo.


2

No sólo apagué la luz sino que además corrí la doble cortina. A mi lado ella respiraba. Y no era una respiración afanosa. No quiso que la ayudara a desvestirse.

Yo no veía nada, nada. Pero igual pude darme cuenta de que ahora estaba inmóvil, a la espera. Estiré cautelosamente una mano, hasta hallar su pecho. Mi tacto me transmitió una versión estimulante, poderosa. Así vi su vientre, su sexo. Sus manos también me vieron.

En ese instante comprendí que debía arrancarme (y arrancarla) de aquella mentira que yo mismo había fabricado. O intentado fabricar. Fue como un relámpago. No éramos eso. No éramos eso.

Tuve que recurrir a todas mis reservas de coraje, pero lo hice. Mi mano ascendió lentamente hasta su rostro, encontró el surco de horror, y empezó una lenta, convincente y convencida caricia. En realidad mis dedos (al principio un poco temblorosos, luego progresivamente serenos) pasaron muchas veces sobre sus lágrimas.

Entonces, cuando yo menos lo esperaba, su mano también llegó a mi cara, y pasó y repasó el costurón y el pellejo liso, esa isla sin barba de mi marca siniestra.

Lloramos hasta el alba. Desgraciados, felices. Luego me levanté y descorrí la cortina doble.

FIN



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