Tuesday, December 29, 2009

En Juárez, la otra opción…tardía

CIUDAD JUÁREZ, Chih., 26 de diciembre Proceso).- La Suburban negra blindada, de vidrios polarizados, es seguida por tres camionetas oscuras que transportan gente armada. El notorio convoy sube la loma, rebasa viviendas construidas con láminas y llantas, pisa calles a las que la última lluvia destapó las caries y frena ante una casa desvencijada. El barrio tiembla. Les llegó la hora de la muerte, se figuran.

De la camioneta baja el hombre resguardado. Es de cara rosada, va trajeado, llega sonriente. Al reconocerlo, la dueña de la casa se carcajea de nervios y le confiesa: “Nos asustó. Íbamos a salir corriendo, pensamos que eran sicarios y dijimos: ‘¡Y atrás vienen más!’”.

El hombre que casi los mata de susto es José Reyes Ferriz, el alcalde de esta ciudad que en dos años –a partir de la militarización ordenada por Felipe Calderón– alcanzó el récord mundial de asesinatos. Donde, a pesar de la presencia de 10 mil soldados y 3 mil policías, todos los días se traspasa el límite del horror, pues hoy amanece un hombre sin cabeza amarrado a un puente, mañana son “fusilados” cuatro jóvenes, pasado masacran a una veintena de adictos de un centro de rehabilitación, al día siguiente una bala perdida atina un niño en su salón de clases o un loco entra a un bar y asesina al ritmo del tín-marín.

Cuando los vecinos se dan cuenta de la confusión, se ríen al verse traicionados por la cochina maña que agarraron de acostumbrarse a la muerte, la misma que los hace tirarse al piso si al mesero se le cae la charola (pensando que comenzó la baliza), no reclamar los accidentes de tránsito por miedo a que los haya chocado un sicario o llamar a la policía cuando encuentran a un “encobijado” en la calle, aunque en realidad sea un indigente tapándose del frío.

Juárez, donde se estrenó la estrategia de la militarización, es la ciudad que ha puesto la mayoría de los muertos de la “guerra contra el narcotráfico” que se libra en todo México. Y el próximo año será el laboratorio de la segunda etapa de la estrategia. Esa es la explicación de la sorpresiva aparición del alcalde en la colonia Fronteriza.

“El año próximo tendrán una preparatoria”, anuncia Reyes Ferriz a los vecinos, que ya se aglomeran a su alrededor y a quienes comienza a preguntarles cosas raras: hasta dónde tienen que viajar para ir a una biblioteca, a cuánto tiempo les queda el parque más cercano, si tienen un museo cerca. Los vecinos le cuentan del arroyo que tienen que cruzar para ir a una biblioteca, del baldío que usan como parque, de los kilómetros que los separan de un cine y de cualquier banco.

“El jueves vendremos a elegir el terreno para la prepa”, les dice el funcionario antes de seguir su camino. Pero se guarda un secreto: en la zona Norponiente, donde se ubica la Fronteriza, podría estrenarse un programa millonario que pretende servir de torniquete para que la ciudad no se desangre, pues en estos dos años han sido asesinadas más de 3 mil personas.

En esta ciudad de un millón 300 mil habitantes mueren 159 por cada 100 mil, un promedio de 12 asesinados por día.

Reyes Ferriz pide a su chofer que se detenga en la cima de un cerro, desde donde muestra las favelas juarenses, las colonias afincadas sobre el olvido, e imagina que en ese hoyo poblado por 400 mil personas (una tercera parte de la población) se levantarán megabibliotecas con canchas deportivas, escuelas, parques, centros de justicia comunitaria y museos, como vio en la ciudad colombiana de Medellín, que en los noventa era la capital mundial de los homicidios.

El proyecto no es una locura suya. Consta en un documento que tiene planos, montos y estadísticas, y el cual descansa sobre su escritorio. Lleva por nombre Proyecto de Intervención por Juárez y el membrete de la Secretaría de Gobernación.

Es un plan ambicioso de inversión social. Es el reconocimiento tardío de que la militarización no detendrá la violencia si no se invierte en mejorar la vida de la gente. De que si la gente no tiene oportunidades, Juárez será siempre una incubadora de sicarios.

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Es jueves 10 de diciembre y a las 8 de la mañana el presidente municipal trabaja en su oficina, desde donde se mira el puente fronterizo. El periódico que venden en las esquinas anuncia: “Suelto el diablo: matan a 16” (destaca el hallazgo de una mamá y sus hijas asesinadas en su vivienda, y la aparición de una sicaria que asesinó a otra mujer).

El alcalde reconoce que diciembre pinta duro: empezó con un repunte de asesinatos y no bajan los secuestros y los robos. Confiesa que cada día recibe llamadas de amigos desesperados porque han sido extorsionados.

El domingo anterior un nutrido grupo de ciudadanos marchó por las calles pidiendo una solución para Juárez, unos empresarios pidieron a gritos la presencia de los Cascos Azules de la ONU y los periódicos constantemente critican al alcalde porque duerme todas las noches en la vecina ciudad de El Paso, Texas.

Pero hoy el alcalde luce tranquilo, dice que el programa que están por aprobar en Los Pinos es un “proyecto de esperanza”. No sabe cuánto dinero soltará la Federación, pero el presidente y el secretario de Gobernación ya hicieron público que enfrentarán la violencia en esta frontera con programas sociales. Y esos programas son los que tiene en el escritorio.

Para armar la propuesta, el alcalde viajó a mediados del año pasado a Medellín, asesorado por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID). En esa ciudad vio cómo se hicieron inversiones millonarias en educación, espacios públicos y oportunidades de desarrollo en las comunas más pobres, donde vivía la gente no tenía más opciones de vida que la delincuencia.

Regresó tan impresionado que envió a cuatro miembros de su gabinete a estudiar ese modelo y otro de Guatemala, donde la organización Ceiba les mostró cómo le hace para incorporar al empleo a los jóvenes pandilleros. Así armó la propuesta que le entregó a Laura Carrera, la comisionada de la Secretaría de Gobernación para Prevenir y Erradicar la Violencia contra las Mujeres, que tiene oficinas en Juárez.

El Proyecto de Intervención pretende construir grandes obras en los lugares donde ocurren los feminicidios y la mayoría de los asesinatos, que coinciden con las zonas donde los niños crecen en la calle por falta de guarderías y donde los jóvenes abandonan los estudios porque no tienen preparatorias cercanas.

“Nos dimos cuenta de que, aunque tengamos 10 mil soldados en la calle y 3 mil policías, mientras tengamos tantos chavos que no estudian ni trabajan, no vamos a evitar que caigan en la tentación del crimen organizado”, explica el secretario del Ayuntamiento, Guillermo Dowell.

Aún no pasa el medio día, y ya han sido asesinadas cinco personas en la ciudad.

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Un día más amanece y Carlitos hoy cumple 13, su padre no estuvo ahí para felicitarle, un abrazo darle (…). Desde que se va al callejón se mira muy delgado y es que su madre no tiene tiempo para educarle porque se la pasa trabajando, luchando porque no le falte nada (…). Dejó la secundaria por andar en la vagancia, qué triste infancia la de Juanito, cuando una balacera se desató en su barrio él se quedó tirado en el piso, a muy corta edad a la tumba fue a dar.

“La historia de Carlitos” es un rap que compuso un joven juarense llamado Aarón, que acaba de grabar su primer disco y se hizo popular en los barrios donde los jóvenes se enrolan en las pandillas, donde los cárteles de la droga reclutan a los chavos como vendedores y los jóvenes son asesinados como moscas, justo ahí donde el gobierno pretende construir nuevas guarderías, bibliotecas y preparatorias.

La tragedia juarense está muy bien documentada y durante décadas ha sido denunciada por académicos y oenegeístas: esta ciudad, desde los años setenta, recibió gente de todo el país porque todos conseguían empleo en las fábricas maquiladoras. Los recién llegados poblaron terrenos baldíos sin servicios básicos como alumbrado, transporte, centros de salud y escuelas.

Durante la época de “empleo total” las mamás (muchas de ellas madres solteras y 70% migrantes) salían a trabajar de madrugada. Sus hijos, como Carlitos, se quedaban solos, se hacían el desayuno ellos mismos y si querían iban a la escuela, pero de todas formas pasaban el día en la calle hasta que su mamá volvía, cansada de trabajar.

“Esos niños que no tenían quién los cuidara en los ochenta, cuando en Juárez teníamos empleo general, son los que están delinquiendo en la ciudad”, dice el alcalde Reyes Ferriz.

“El Juárez que tenemos ahora es el Juárez de los niños no atendidos”, confirma Clara Torres, directora de los Centros Municipales de Bienestar Infantil, que de 5 de la mañana a 6 de la tarde atienden a 2 mil de los 40 mil niños que necesitan guarderías.

¿Qué tienen que ver los asesinatos con las guarderías o las prepas? Según el alcalde, mucho: en Juárez, 62% de los jóvenes de 15 a 24 años no trabajan ni estudian porque no tienen dónde hacerlo. La ciudad que era meca nacional del empleo es primer lugar en falta de oportunidades para los jóvenes. Ellos muchas veces no tienen más opción que unirse a una pandilla; si quieren retirarse y buscar trabajo, por su vestimenta y sus tatuajes no los emplea ninguna maquiladora. Sólo el crimen organizado les da una alternativa.

“En Juárez buscamos el bienestar económico pero descuidamos a nuestros niños de una forma criminal (…). Fuimos egoístas y materialistas. Únicamente se habló de generar empleo y todo se midió con indicadores económicos, pero ¿qué beneficios iban a tener las mujeres, que eran la mano de obra, si no iban a estar con sus hijos, si no pueden llevarlos a la escuela, si no tienen un parque cerca o no conocerán la música ni el cine? Perdimos cinco generaciones por esta política económica sin visión. Todo mundo tuvo empleo, ahorró, pero perdimos el capital humano”, explica Torres.

Esa sociedad incubó a los jóvenes que se matan sin remordimiento y trabajan para los cárteles que se disputan el paso de droga hacia Estados Unidos. La solución que encontraron el presidente y el alcalde para sofocar la violencia fue el envío de tropas, pero sólo provocaron que las muertes aumentaran repentinamente.

“Laura Carrera lo ha dicho bien: en relación con la seguridad, la estrategia tiene demasiada testosterona y le falta progesterona. Tiene razón, no se puede resolver todo con nalgadas, se necesita educación. Necesitamos generar la inteligencia policiaca amarrada con la inteligencia social, porque la situación no va a mejorar si nomás queremos represión sin educación. Ya vimos que con 10 mil soldados (la situación) no mejoró, sino empeoró”, comenta Torres, quien admite que el diagnóstico sobre lo que se debía hacer en Juárez no es nuevo, pero hasta ahora, tardíamente, se incorporará esa visión en una política pública.

Ella es panista y ha ocupado puestos nacionales en el partido del presidente, pero trabaja para un alcalde de extracción priista. Explica que aceptó el trabajo movida por la emergencia: “Juárez trascendió las dinámicas de los partidos políticos porque no hay un ser humano rico o pobre que no haya sufrido, no hay un solo espacio, un estrato social, un horario que no sea vulnerable. Nos unió el sufrimiento”.

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En la presidencia municipal se barajan proyectos que parecen increíbles: cines móviles en colonias populares, empleo para los pandilleros, megabibliotecas construidas en las dunas donde son halladas las mujeres muertas.

En el documento que tiene el alcalde en su escritorio se ven ya los planos del futuro “Conjunto Integral Educacional Kolping”, que constará de prepa, plaza cívica, biblioteca, transporte público, plaza comercial, centro de atención a la salud, centro comunitario, áreas de juego, plaza de comida y centro de atención a violencia doméstica en la zona de más violencia, a un costo de 90 millones de pesos. O el “Parque Metropolitano Río Bravo”, de 150 millones, que consiste en construir canchas a lo largo del río.

Reyes Ferriz dice que abrirá más Centros de Atención Infantil para los hijos de las obreras que carezcan de seguridad social. Menciona también que, al estilo de Guatemala, consiguió que unas maquiladoras den empleo de cuatro horas diarias a niños tatuados y pandilleros de 14 a 16 años. Anuncia que implantará un proyecto igual al de Nike en Brasil, que enseña a los jóvenes la ética del trabajo a través del futbol, y enrolará para ello a 20 mil de los jóvenes sin opciones de trabajo para que practiquen deportes y estudien.

Sin embargo, los espacios de trabajo aún son insuficientes para el desempleo juarense, que el año pasado llegó a 25%.

El alcalde está en espera de que el gobierno federal autorice las inversiones para construir, pues el municipio no tiene presupuesto: la mitad de los recursos municipales se va en pagar la nómina (y la mitad de los empleados son policías), otra buena parte se va en mantener a los 10 mil soldados y comprar armas y radios; el resto es para servicios.

El trabajador social de la Secretaría de Seguridad Pública local, Alfredo Gaspar, es uno de los que saltan de gusto por los cambios que, le han dicho, se avecinan: “Tengo contacto con 5 mil pandilleros en espera de una oportunidad. Si realmente el gobierno les da la oportunidad, podemos salvar muchas vidas”.

El proyecto en papel suena bien pero no convence a todos.

La Asamblea Permanente Solución por Juárez, que se formó a raíz de la marcha del domingo 6 para pedir al gobierno que incluya a los ciudadanos en el diseño de planes para pacificar la ciudad, desconoce el proyecto.

“Sabemos por rumores que están planteando un programa, pero no lo conocemos. Si realmente están coordinados el gobierno federal y el municipal para emprender una intervención social de emergencia, entonces saludamos la iniciativa, pero nos gustaría establecer una mesa de diálogo porque vemos el riesgo, sobre todo considerando otras experiencias pasadas, de que si no hay una contraparte de la sociedad civil vigilando el dinero, se gaste en otras cosas”, opina el maestro Hugo Almada, coautor de la investigación La realidad social de Ciudad Juárez, que en 2005 advirtió de la descomposición social que generaba la falta de servicios.

Alma Gómez, integrante del Centro de Derechos Humanos de las Mujeres, recuerda que en 2003 el gobierno foxista anunció un plan de 40 acciones para Juárez que pretendía reducir los feminicidios, y sus resultados están a la vista: 140 homicidios dolosos de mujeres sólo en lo que va de 2009. Para ella lo más importante es renovar la justicia porque los crímenes no se investigan ni se castigan.

El periodista colombiano Álvaro Sierra, experto en conflictos armados y narcotráfico, ve riesgoso que se quiera transplantar el programa de Medellín a Juárez porque, dice, allá alcanzó los cambios Sergio Fajardo, un alcalde desligado de la tradición partidista, que ciudadanizó las decisiones y cambió la manera de hacer gobierno, mientras que la delincuencia obedecía a un líder, Don Berna, que aparentemente pactó con el gobierno y ordenó a su gente que se desmovilizara. En cambio, en Juárez la violencia se mantiene en escalada y se da entre varios grupos rivales, los gobernantes mexicanos responden a intereses de los partidos políticos y la corrupción del país es famosa en el mundo.

Coincide Nashieli Ramírez, activista de la Red por los Derechos de la Infancia, que tiene un programa en Juárez:

“En Medellín la gente se involucró hasta en el diseño de los planos arquitectónicos, y hubo una obra que quemaron las bandas porque nunca se consensuó. Si el alcalde tiene prisa de dejar todo andando antes de que se termine el periodo y no hace trabajo barrial, podría repetirse la historia de la biblioteca Vasconcelos, que por hacerla con prisas se quedó con hoyos en el techo, es inútil. Otra bronca con la obra pública es que está ligada con la corrupción y las elecciones”.

El propio exalcalde de Medellín, Sergio Fajardo Valderrama, señaló en una conferencia que dio el pasado septiembre en Juárez, que para combatir la violencia primero hay que transformar la política: “Si se compran votos, se compran los líderes, se acuerda todo y cuando se llega al poder se va en función de lo que se negoció, no de los intereses de la gente (…). Si nosotros no luchamos contra la corrupción, no tengo la menor duda de que el éxito contra la violencia no se va a dar”.

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A Reyes Ferriz le quedan 10 meses en el poder, y hasta que el presidente Calderón anuncie el programa él sabrá cuáles obras aprobaron en Los Pinos. Cuando se le pregunta qué candados pondrá a la corrupción, responde que armar licitaciones públicas de las obras. Nada más.

La Suburban en la que recorre la ciudad, seguida del convoy que asustó a la gente de la colonia Fronteriza, entra al estacionamiento de la Presidencia Municipal, donde tiene otra cita. En ese momento un colaborador le informa que un policía acababa de ser asesinado.

“Híjole, ¿era de los nuestros?”, pregunta mientras saca su celular. La respuesta es afirmativa: el cadáver yace adentro de una patrulla municipal rafagueada. Ese día el “ejecutómetro” marcará 17 muertos.

El siguiente texto está publicado en el número 1730 de Proceso, ya en circulación.

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