Tuesday, December 29, 2009



Semiótica Bárbara

Carlos Monsiváis

El siguiente texto está publicado en el número 1730 de Proceso, ya en circulación.

MÉXICO, D.F., 26 de diciembre (proceso).- ¿Qué hubo antes del impacto mediático? Muy probablemente la historia registra los actos políticos, las confrontaciones ideológicas, las grandes movilizaciones sociales, incluso los golpes de Estado y las revoluciones. Pero todo eso parece quedar atrás. Hoy el eje de la política y de la vida social es el impacto mediático, una mezcla de repercusión publicitaria, noticia que puede llegar a todos los hogares y abuso visual de movimientos, tragedias y catástrofes. El gobierno mexicano es un devoto del impacto mediático pero no está solo, también practican ese culto paramesiánico la delincuencia organizada y las instituciones y los organismos que puedan.
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El combate del 16 de diciembre en Cuernavaca entre miembros de la Marina y sicarios del grupo de Arturo Beltrán Leyva, El Jefe de Jefes o El Barbas, se resuelve con la muerte del capo y de un marino, Melquisedet Angulo Córdova, luego de cuatro horas de fuego incesante en una zona residencial con vecinos amedrentados y seguramente hartos de la teoría del impacto mediático.

El ir y venir de los actos simbólicos: el 22 de diciembre se entierra a Melquisedet en Paraíso, Tabasco, a unas horas de Villahermosa. La ceremonia luctuosa, colmada de elogios justos, tiene un inconveniente: se difunden (¿se delatan?) el nombre del muerto y los datos de su familia. A la medianoche de ese día, un comando, ansioso de divulgar la respuesta inmediata de su grupo, asesina en Paraíso a la madre, la tía y dos hermanos de Melquisedet. A su modo, buscan el impacto mediático. El Poder Ejecutivo lanza su mensaje de “no nos dejaremos amedrentar”, a una sociedad francamente amedrentada. El país se unifica por medio de dos reacciones a fin de cuentas complementarias: la irritación ante la presentación circense del cadáver de Beltrán Leyva y la profunda indignación moral y política ante la matanza de los familiares de Melquisedet.
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Sin disimulo, el combate o “la guerra” entre el Estado y el crimen organizado se acompaña de difuntos enteros o mutilados, que al divulgarse hacen las veces de anuncios espectaculares en el imaginario colectivo y en los medios de comunicación. Un cementerio ubicuo como ofensiva propagandística. Imposible atender de modo específico los cadáveres que brotan a diario, las circunstancias que hace poco parecían inverosímiles o “de película” (la entrada de sicarios a un restaurante para matar a un cliente y sus acompañantes, el ataque a cuarteles policiacos, la matanza de civiles con granadas el 15 de septiembre en Morelia, las anécdotas de fugas y ejecuciones). Y lo que se exige, además de eficacia policiaca, es el examen de los hechos como recados a la comarca o el país entero: el locutor asesinado en pleno día mientras colocaba una manta en un pueblo previniendo a los jóvenes sobre los males de la drogadicción; el reportero o el fotógrafo desaparecidos porque “investigaban de más”; el cantante de onda grupera torturado y asesinado por presumir de sus relaciones con la novia del capo; el jefe de policía de honradez intachable…

Los recados no necesitan de mayor interpretación, sólo de analizarlos exhaustivamente a la luz de la precaución: “Sí, fíjate, éste es otro comunicado de los narcos a la sociedad nacional e internacional: que no nos den por muertos, en estos encontronazos nadie muere al último”. (Si la fuerza del Estado es incomparable, es ilimitada la suma de los alcanzados por la nueva “causa natural” de muerte.) Y pierden mucha de su utilidad o la vulneran por completo los impactos mediáticos, cuyo origen es la obsesión por el poder de las imágenes, esos asomos de las garantías de inmortalidad, la superchería todavía triunfante. Si funciona el impacto mediático, es la creencia desorbitada, el país o el gobierno o el cártel o el partido o el movimiento van bien.
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El mundo es de los recados, en este caso de los que podrían llamarse “correos de bulto”. Con todo, nunca el gobierno federal había sido tan explícito en sus mensajes a los narcos como en el despliegue reciente de escenografía con cuerpos adjuntos en un edificio de lujo en Cuernavaca. Las fotos al cabo del enfrentamiento de cuatro horas mezclan varios relatos simultáneos:

—el de un capo de la droga “presentado en sociedad”, tendido ante la complacencia de su exterminadores

—el de la teatralización bárbara del triunfo sobre el enemigo de la Patria

—el de la defensa por turnos de la sociedad, ahora a cargo de la Marina, que hereda la estafeta de la policía, los agentes judiciales y el Ejército

—el de un episodio ignorado de Beirut.

Lo más notorio: la conversión en carta electrónica y correo postal dirigidos a la conciencia nacional e internacional del cadáver de Arturo Beltrán Leyva, sinaloense nacido en 1961, criminal inmisericorde, hombre cuya persuasión alcanzó a gobernadores, jefes policiacos, ministerios públicos y jefes militares, esto último según estimaciones de la prensa avaladas por el rumor. Todo bajo la tradición del siglo XX: todo en familia, “si no involucro en este negocio a todos mis parientes me van a ver muy mal en la cena de Navidad”.

La puesta en escena: en algunas fotos, Beltrán Leyva está semidesnudo, con un calzoncillo y los pantalones en pleno descenso; en otras, se reitera la destrucción de la persona y los muebles; también, inmerso en la sangre, se advierte a un criminal que no termina de extinguirse, la sangre amenaza con resucitarlo y con anegarlo de inmediato; de modo reiterado, el narco es una simple masa sanguinolenta cerca de los grafitis involuntarios; en la foto más divulgada y de alguna manera la más impresionante, al cadáver lo decoran, a manera de despedida grotesca, billetes de 500 y mil pesos arreglados de modo armonioso, que componen, es de suponerse, la mortaja que del choteo baja, el tejido de las burlas a los muy ineficaces santos y vírgenes y reliquias en forma de fotos personales. “Que aprendan los delincuentes: eso les espera, un sudario de los papeles del Banco de México que ya no podrán gastar, tú lo quisiste narco mostén, tú lo quisiste, tú te lo ten”.
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En estas fotos, no parece funcionar el objetivo: alentar la reflexión filosófica (digo es un decir) en torno a los valores del Más Allá y a las intimidaciones en el Más Acá; no impresionan las tácticas del primitivismo muy antiguo, cuando la mutilación de los cadáveres era parte de la persecución después de la muerte. El narcotráfico se ha distinguido por sus decapitaciones, por sus torturas infames, por su manía de castigar a sus enemigos, a los restos de sus enemigos y, en los años recientes, a las familias de sus seres odiados. Esto corresponde a su infinita barbarie y su dimensión psicopatológica (entendida tal categoría en su dimensión popular), y esto genera inevitablemente las sensaciones de horror ante las cabezas arrojadas en la discoteca de Uruapan, ante la tortura y la decapitación de los zetas capturados por un cártel rival que envía la grabación a YouTube, ante los cuerpos sepultados en botes de cemento o disueltos en grandes peroles de ácido. El impacto mediático: los narcos redactan sus atroces “misivas” a lo largo del país: en estos días y por ejemplo el asesinato del secretario de Turismo de Sinaloa, los atentados contra alcaldes y jefes de policía, la persistencia de las cifras mortuorias día a día.
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Tras la divulgación de las fotos de Beltrán Leyva sobreviene el reparto de la inocencia. Todos se deslindan, sin siquiera insinuar que las fotos “fueron tomadas en otro contexto”. Los funcionarios de Gobernación, la PGR, el Semefo de Morelos y la Secretaría de Marina tartamudean ante el temor de asumir responsabilidades. Por lo oído y leído, nadie manejó el montaje del cadáver de Arturo Beltrán Leyva. Semiótica sangrienta, semiología de borrón e imagen nueva.

Al Estado de ningún modo le corresponde, así sea en la muy torpe y malévola recreación escénica de Cuernavaca, el uso de cuerpos como avisos. El montaje después de la batalla como Oficina de Correos. De seguro, los “curadores” de la “instalación” del sadismo contemplativo se divirtieron a nombre de los cuerpos de seguridad ofendidos y se rieron al colocar cada uno de los billetes, y se olvidaron de la función gubernamental mientras organizaban el “discurso fúnebre” del capo con técnicas inspiradas por los métodos del narco. Faltaron mantas, eso sí, pero tal vez se debió a que no había puentes en las cercanías.
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Habría necesidad de un álbum complementario de fotos que podrían descubrir las fuerzas del orden, donde estarían las siguientes:

— Beltrán Leyva cena con el jefe de policía de una ciudad de provincia, mientras parece recomendarle que pruebe el magnífico vino recién traído de la capital, o lo felicita por su poderosa garganta, o cuenta chistes o celebra los perpetrados por el invitado (Si esta foto parece muy convencional, siempre queda el recurso del Photoshop: Beltrán Leyva fraterniza con Al Capone, Dillinger, Baby Face Nelson o Hermann Göring)

— Beltrán Leyva, a carcajadas, certifica el traspaso de los dólares a unos guardianes de la ley. Un eclesiástico contempla beatíficamente la escena.

— Beltrán Leyva dialoga con un presidente municipal, el hermano de un gobernador, el director de la policía judicial del estado. A juzgar por sus semblantes de preocupación, lo más probable es que estén discutiendo la calidad de la Selección Nacional de Futbol.

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