Saturday, November 08, 2008

Idólatras


ESTEBAN MARTíNEZ

MÉXICO, D.F., 5 de noviembre (apro).- Escalofriados vivientes, lectores de la presente, reciban ustedes mis más sinceras condolencias por el desastre financiero que les han impuesto y se ven obligados a sufrir en ese su hoy de globalidad capitalista.
¡Ah! ¿Qué pasa con esos economistas teóricos, organizadores y, en ocasiones, hasta gerentes de esa su globalidad en que viven? Esto lo pregunto porque el desbarajuste económico que padecen pienso que se debe a que veo a los mismos como a unos patéticos aprendices de brujo.
Igualmente, considero que les pasó lo mismo a esos economistas sirvientes de la economía planificada, de la economía al servicio del Estado, en los días de anteayer.
Todos ellos, sirvientes de la economía de libre mercado competitivo, o de la planificada, son lo que son, aprendices de brujo. No me malinterpreten, por favor, pues no lo afirmo porque les tenga mala voluntad, ¡Dios me libre de tan nefando sentimiento! ¿Lo digo porque crea que han llevado a cabo un pacto con el diablo? De ningún modo. ¿Por qué considere, como algunos lo hacen, que la economía es una ciencia lúgubre? Nada de eso, ¿porque la misma no es una ciencia?, tampoco.
Afirmo que los economistas del libre mercado y los de la economía al servicio del Estado son unos patéticos aprendices de brujo por idólatras.
Esta mi afirmación no es gratuita, un capricho de mi voluntad, no. Es más: con razones filosóficas e, incluso, científicas, puedo decir y sostener que, como en la economía, cualquiera otra actividad puede llevar a cualquier humano a ser un inepto aprendiz de cualquier cosa, y por tanto ineficiente, ineficaz para desempeñarla. Un ineficiente que si alguna vez acierta, lo hará a la manera del burro flautista: por casualidad, y no por sus saberes. Y eso pasa, repito, por idolatría. Lo sé bien.
Y lo sé porque servidor es aquel que descubrió, que puso en evidencia que el pensar del humano puede ser influido y hasta deformado en cada época, porque cada época tiene ciertos pensamientos en boga, doctrinas, paradigmas les llaman a ese su hoy, creencias sacrosantas que influyen pesadamente sobre los humanos; temas, doctrinas, creencias que yo distinguí con el nombre de ídolos y que no son más que las ideas preconcebidas, las imaginaciones falsas heredadas del pasado o condicionadas por la propia naturaleza de la humana criatura y que le impiden descubrir la verdad, por lo que se convierte en patético aprendiz de brujo, como lo son tantos economistas, en primer lugar, por no manejar su ciencia en el sentido estricto del término; es decir, de manera científica, ya que si así lo hicieran, la experiencia, que muestra y confirma que las empresas en modo alguno operan en mercados perfectos, sino que operan en mercados imperfectos, abriría los ojos a esos economistas ideólogos, organizadores, asesores y hasta gerentes del libre mercado competitivo y les llevaría a revisar, a cambiar e incluso a deshacerse de su teoría, a construir otras... "... como el casual descubrimiento de una excesiva cantidad de luz emitida por la peckblenda generó una radical elaboración de las leyes de la física", como ha señalado Nickolas Kaldor, economista no idólatra, mismo que también ha dicho: "Desgraciadamente los economistas no se sienten obligados de la misma manera a hacer corresponder las hipótesis de la teoría con la realidad de la experiencia".
En segundo lugar, tantos economistas son patéticos aprendices de brujo por lo que ya he asentado más arriba: por ser idólatras; es decir, por estar influidos y hasta deformados por aferrarse y rendir tributo a los ídolos de las ideas preconcebidas, las falsas imaginaciones heredadas o las ideas de moda.
Escalofriados vivientes, pacientes lectores de la presente, espero que sabrán perdonarme el que no pueda cerrar la misma sin recomendarles que se hagan el firme propósito de no ser idólatras; esto es, que no se aferren ni rindan ciega pleitesía a las ideas preconcebidas, a las falsas imaginaciones heredadas, a las modas del día, pues de esa manera podrán librarse de caer en ser patéticos aprendices de brujo como personas, ciudadanos, como prójimos.
Con el sincero deseo de que, por su bien como humanos, Dios les ayude en lograr tal propósito.
Francis Bacon

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