Monday, December 10, 2007

Guillermo Almeyra


El camino a la victoria está pavimentado con las piedras de las múltiples derrotas sufridas, y de éstas se aprende siempre más que de los éxitos. Además, un proceso revolucionario nunca es rectilíneo sino que está marcado por meandros y pausas, o incluso retrocesos, y los niveles de conciencia alcanzados por sus protagonistas en la acción deben ser afirmados y reconquistados día a día. Las direcciones de esos mismos procesos revolucionarios, por otra parte, son particularmente pragmáticas y heterogéneas cuando surgen de experiencias verticales (como la rebelión nacionalista militar) o caudillistas (como las direcciones sindicales campesinas) y van formando su ideología con retraso frente a los acontecimientos y bajo el fuego enemigo más que en su relación con las bases o en la reflexión teórica. La revolución se ve obligada entonces a avanzar por los latigazos de la contrarrevolución. En esto se ve el papel de un partido revolucionario, que no sólo sirve para armar y rearmar continuamente a los oprimidos en la comprensión de un curso lleno de virajes inesperados sino que también es esencial para preparar, previamente a los posibles desarrollos, un núcleo de gente que piense claramente, sepa prever y actúe al unísono, como una falange.

¿A qué estamos aludiendo? A las enseñanzas de la victoria del NO en Venezuela, o sea de la derrota del voluntarismo, de la impaciencia, de los errores de análisis, del personalismo, del aparatismo que busca remplazar una formación política y democrática cuya creación es particularmente lenta y difícil en nuestros países, donde las tradiciones socialistas son tan escasas como los teóricos revolucionarios, donde la mayor parte de las clases medias urbanas (que son cada vez mayores, dada la concentración de la población en las ciudades y que están separadas de la producción y de los trabajadores cuanto más depende el país de la exportación de materias primas con escaso valor agregado) sufren una pesada dominación capitalista.

El 2 de diciembre no triunfó un referéndum antichavista, ya que muchos chavistas se abstuvieron o votaron por el NO. Como en su momento en Nicaragua, hubo un “voto de castigo”, para evitar un curso que iba hacia el enfrentamiento armado (si hubiera ganado por poco el SÍ habría habido sin duda un golpe, que ahora ha sido postergado) y para modificar la línea de una dirección a la que la gran mayoría sigue apoyando pero con la que no está totalmente de acuerdo. ¿Quién, en efecto, podía apoyar la relección de Chávez hasta el 2050 o la redacción de una Constitución no por una asamblea constituyente elegida por las mayorías y con debates públicos sino por el presidente, Constitución que, además, debía cambiar radicalmente el sistema político y social, la economía, parte del aparato del Estado para imponer un socialismo que nadie definió cabalmente, todo eso en apenas dos meses?

La corrupción e incapacidad del aparato de Estado es sentida por todos y todos ven que el gobierno controla totalmente el Parlamento pero no ha aprobado sin embargo leyes fundamentales sobre los medios, no ha resuelto el problema del desabastecimiento ni el de la vivienda ni el de la violencia, tiene medios de información propios “cubanos” que ni informan ni analizan ni son pluralistas. ¿Quién podía creer, en efecto, en un PSUV creado desde arriba, que todavía no tiene ni programa ni estatutos ni ha hecho balance del socialismo anterior ni definido cuál es su nuevo socialismo ni ha formado militantes socialistas, al extremo de que el SÍ ni siquiera obtuvo la misma cantidad de votos que los casi 6 millones de afiliados que declara ese partido inexistente? Como en el caso del Partido Peronista, en tiempos de Perón, en Argentina, ¿no era acaso ese partido un trampolín para los oportunistas, trepadores y clientelistas y no un instrumento revolucionario? ¿Quién puede aceptar que todo disenso es traición y que sólo existen dos bandos –Chávez o Bush–, sin ver que muchos están con Chávez, pero no incondicionalmente, sin ser por ello traidores y proimperialistas? ¿Quién puede creer, con Chávez, que el 49 por ciento que votó por el SÍ lo hizo por el socialismo y no por el progreso social, cuando nadie sabe de cuál socialismo se habla y el aparato de Estado demuestra todos los días que sigue siendo decisionista, verticalista, antidemocrático y para nada socialista?

Ahora, sin duda, en el campo oficial pulularán los que, como el ex ministro Baduel, tratarán de poner sus pies en dos estribos opuestos, en la derecha chavista y en la oposición negociadora. Se corre también el riesgo de que desde el entorno presidencial se encuentren chivos expiatorios en vez de hacer un análisis social y político del proceso, de ver los errores de apreciación de la madurez del mismo y, sobre todo, de emprender una enérgica y rápida autocrítica apoyándose en la organización y autonomía popular, en los poderes populares, en la lucha contra la corrupción y la burocracia y en el diálogo abierto y plural con todos los que quieren corregir y criticar dentro del marco legal. No es hora de maniqueísmos: llegó el momento de hacer política.



Bajo la Lupa

Alfredo Jalife-Rahme


Pareciera que el contencioso iraní-estadunidense regresa al año 2003, cuando la misma teocracia chiíta jomeinista había requerido la “mediación suiza” (cese de la fabricación de armas nucleares a cambio de un tratado de seguridad), como sustenta Trita Parsi en su polémico libro Alianzas tramposas: los tratos secretos de Irán, Israel y EU.

El reporte del Estimado de Inteligencia Nacional (NIE, por sus siglas en inglés), que aglutina a 16 servicios de espionaje de Estados Unidos (EU), no solamente autocorrige su engañosa versión sobre el enriquecimiento de uranio iraní de 2005, sino que, sobre todo, afirma en forma asombrosa que desde 2003 la teocracia chiíta había cesado su proyecto para construir una bomba nuclear, lo cual cambia dramáticamente la escenografía y la justificación para un bombardeo unilateral del régimen torturador bushiano, quien se vuelve a quedar sin pretextos esotéricos de arqueología excavatoria y alucinatoria sobre inexistentes “armas de destrucción masiva”.

Ahora resulta, según el reciente reporte del NIE, que las “intenciones” de la teocracia chiíta no son para desarrollar bombas nucleares, sino que más bien se fundamentan en un “análisis costo-beneficio”, que toma en consideración sus objetivos geoeconómicos ante todo y que no pongan en peligro su estabilidad interna.

En realidad, el retorno al statu quo anterior a 2003 es mucho más profundo si se toma en cuenta que Alemania, Francia y Gran Bretaña ya habían alcanzado en octubre de ese año un acuerdo de desnuclearización militar con la teocracia chiíta que fue perturbado por el régimen torturador bushiano, tanto al incluir ideológicamente a Irán en el “eje del mal” como por las consecuencias desestabilizadoras de su invasión unilateral a Irak. En forma anómala las tres potencias europeas congelaron el acuerdo alcanzado con Irán que dejaron a la deriva. Quizá no sopesaron que la mayor potencia militar mundial sufriría su mayor descalabro militar, lo cual benefició indirectamente el posicionamiento de Irán que emergió como la nueva potencia regional del golfo Pérsico con alcances en el mar Mediterráneo, y hasta Afganistán y Asia Central.

Tres días antes del significativo reporte del NIE, el geoestratega Zbigniew Brzezinski había desaconsejado el bombardeo unilateral contra Irán que pregonan los halcones de EU, en un artículo “¿Un socio para tratar con Irán?” (Washington Post, 30/11/07).

Refiere que el modelo de pláticas sobre la desnuclearización de Norcorea, en la que China jugó un papel determinante, puede servir de ejemplo para promover negociaciones creativas con Irán.

El anterior consejero de seguridad nacional del presidente Jimmy Carter visitó recientemente China, donde charló a los más altos niveles donde obtuvo “dos fuertes impresiones en relación con la actitud de China hacia el tema iraní”.

Su primera impresión radica en que la “magnitud de la transformación interna de China hace vulnerable la política mundial y la inestabilidad económica. China está especialmente preocupada por las consecuencias de cualquier erupción mayor de la violencia en el Pérsico. Esta preocupación es palpable y justificada si uno considera los probables efectos financieros y políticos de una mayor colisión de EU-Irán”.

Juzga que China, “a pesar de su meteórico ascenso hacia la preeminencia mundial, actualmente es geopolíticamente una potencia statu quo” (nota: que busca equilibrios armónicos).

Su segunda impresión: “los chinos defienden firmemente que en tratos con Irán, Estados Unidos sea guiado por la paciencia estratégica”.

En forma interesante los chinos sostienen que los iraníes han negado proceder a la fabricación de bombas nucleares, a diferencia de los norcoreanos (nota: quienes presuntamente poseen seis bombas atómicas).

“A juicio de China, Estados Unidos debe evitar ser arrastrado en represalia”, según ZB. Por lo que la “atención debería centrarse en una negociación conjunta que efectivamente abandone la supuestamente no deseada opción de las armas nucleares”.

Sugiere que China participe en forma más activa en las negociaciones con Irán, con quien mantiene estrecha complementariedad geoeconómica: “Irán suministra el muy necesario petróleo a China, y China suministra igualmente las necesarias armas y productos industriales a Irán”.

Para que China “desempeñe un papel constructivo requiere que EU sea guiado por la paciencia estratégica”.

No podía faltar la rusofobia de Brzezinski y después de considerar “el papel incierto de Rusia”, pese a su proclama de buscar una salida negociada con Irán, considera que su principal motivación consiste en recuperar parte de lo perdido geopolíticamente por el imperio soviético en la década de los 90: el “revisionismo” ruso tiene como objetivo “cortar el acceso directo de EU al Caspio y al petróleo de Asia Central”. Brzezinski sabe mucho del tema del Caspio, ya que uno de sus familiares formó parte de las tratativas tras bambalinas en la construcción del oleoducto TBC (que conecta el petróleo del mar Caspio que atraviesa Azerbaiyán, pasa por Georgia, en el Cáucaso, y desemboca en Turquía, en el Mediterráneo).

Un conflicto en el Pérsico tendrá efectos de “onda internacional” en las que Rusia no quedaría aislada. A juicio de Brzezinski, Rusia vive la paranoia de dos invasiones: una de China en sus inmensos territorios orientales pletóricos de minerales, pero vacío de habitantes, y otra “invasión política” de EU en sus zonas occidentales densamente pobladas.

Agrega que “el estallido de un conflicto político en el Pérsico podría no ser visto por todos los estrategas de Moscú como un mal parcial. El espectacular repunte de los precios del petróleo perjudicaría a China y a EU mientras desata una ola más de hostilidad contra Estados Unidos. En ese contexto, Europa podría distanciarse de EU mientras que Europa y China pasarían a ser más dependientes de los suministros de energía de Rusia. Rusia sería, sin duda, el beneficiario financiero y geopolítico”.

Se asienta que el petróleo define en gran medida la geopolítica mundial y el nuevo orden multipolar insipiente, como ha detectado espléndidamente el zar geoenergético global, Vlady Putin.

Deduce en forma juiciosa, las graves consecuencias de una guerra en el Pérsico, y considera que: “Podrían causar un cambio más dramático en la distribución mundial del poder que incluso el que ocurrió después de que la guerra fría terminó”. Por tanto, apela a un diálogo constructivo entre Washington y Pekín sobre Irán para resolver el contencioso nuclear basado en la exitosa desnuclearización de Norcorea.

Queda claro que para el geoestratega Brzezinski el destino del planeta se juega en el Pérsico y, en forma subrepticia promueve una alianza entre EU y China para impedir el triunfo de Rusia, quien sin disparar una sola bala obtendría un triunfo geoestratégico con la simple elevación del petróleo, lo cual perjudicaría a EU, la Unión Europea y a China.

Más allá que destaque la legendaria rusofobia de Brzezinski, pareciera que su tácita propuesta de alianza sinoestadunidense forme parte del acercamiento similar que se escenificó en los 70 contra la URSS y promovido por el presidente Nixon y su secretario de Estado, Henry Kissinger, ¿hasta dónde querrán ir los chinos? ¿Dónde quedaría entonces el Grupo de Shanghai?

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