Thursday, May 07, 2009


Cómo explotó “La Influenza TLC”

Granjas Smithfield escapó de las leyes ambientales estadounidenses para abrir una gigantesca granja de cerdos en México, y todo lo que nos dejó fue esta asquerosa influenza porcina


Por Al Giordano
Especial para The Narco News Bulletin

3 de mayo 2009

Las autoridades de EU y México afirman que ninguna sabía sobre el brote de “influenza porcina” hasta el 24 de abril. Pero después de que cientos de habitantes de un pueblo en Veracruz, México, presentaron síntomas, la historia ya había llegado a la prensa nacional mexicana el 5 de abril. El diario La Jornada informó:

Nubes de moscas emanan de las lagunas de oxidación donde la empresa Granjas Carroll vierte los desechos fecales de sus granjas porcícolas, y la contaminación a cielo abierto ya generó una epidemia de infecciones respiratorias en el poblado La Gloria, del valle de Perote, dijo Bertha Crisóstomo López, agente municipal del poblado.

El pueblo tiene 3,000 habitantes, cientos de los cuales afirmaron tener severos síntomas de gripa en marzo.

El Dr. Sanjay Gupta, de CNN, reportó desde México que ha identificado a un niño de La Gloria que contrajo el primer caso confirmado de “influenza porcina” en febrero como el “paciente cero”, Edgar Hernández, de cinco años, ahora un superviviente de la enfermedad.

Para el 15 de abril —nueve días antes de que las autoridades federales mexicanas del régimen del presidente Felipe Calderón reconocieran que existía algún problema— el periódico local, Marcha, informó que una compañía llamada Carroll Ranches era “la causa de la epidemia”.

El columnista de La Jornada, Julio Hernández López conecta los puntos corporativos para explicar cómo llegó a México la compañía Granjas Smithfield con sede en Virginia: en 1985, Granjas Smithfield recibió lo que fue, en su momento, la multa más cara en la historia —12.6 millones de dólares— por violar el Acta de Agua Limpia de EU en sus instalaciones cerca del río Pagan en Smithfield, Virginia, un tributario que fluye a la bahía Chesapeake. La compañía, de acuerdo con la Agencia de Protección Ambiental (EPA, por sus siglas en inglés), descargó desechos de sus granjas porcícolas en el río.

Fue un caso en donde la ley ambiental estadounidense logró obligar a un contaminador, Granjas Smithfield, a construir una planta de tratamiento de aguas negras después de décadas de utilizar el río como un mega-excusado. Pero el “libre comercio” abrió una brecha para que las Granjas Smithfield simplemente movieran sus dañinas prácticas a la casa de junto, en México, para que así pudiera evadir las estrictas regulaciones estadounidenses.

El Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN o TLC) entró en vigor el 1 de enero de 1994. Ese mismo año, Granjas Smithfield abrió los “Ranchos Carroll” en el estado mexicano de Veracruz mediante una nueva corporación subsidiaria, “Agroindustrias de México”.

A diferencia de lo que las autoridades impusieron a Granjas Smithfield en los EU, las nuevas instalaciones en México —que convierten 800,000 cerdos en tocino y otros productos al año— no cuentan con una planta tratadora de aguas negras .

Según la revista Rolling Stone, Smithfield mata aproximadamente a 27 millones de cerdos al año para producir unos 2.7 billones de kilos de productos de cerdo empaquetados. (Las instalaciones de Veracruz constituyen, entonces, alrededor del 3% de su producción total).

El periodista Jeff Teitz, informó en el 2006 sobre las condiciones de las instalaciones de Smithfield en los EU (recuerden: lo que van a leer describe las condiciones que son más higiénicas y reguladas que aquéllas en México):

Los credos de Smithfield viven por los cientos o los miles en establos tipo bodegas, en filas de corrales pared con pared. Las hembras son inseminadas artificialmente, alimentadas y devueltas a los cachorros en jaulas tan pequeñas que no pueden voltearse. Los machos completamente maduros pesan 250 libras/113 kilos y ocupan un corral del tamaño de un pequeño departamento. Se pisotean unos a otros hasta la muerte. No hay luz del sol, paja, aire fresco ni tierra. Los pisos tienen tabillas para permitir que el excremento caiga a una fosa debajo de los corrales, pero muchas cosas además del excremento pueden terminar en las fosas: placentas, cachorros accidentalmente aplastados por sus madres, viejas pilas, botellas de insecticida rotas, jeringas con antibióticos, cerdos que nacieron muertos, cualquier cosa lo suficientemente pequeña para que quepa por las tuberías de unos 30 centímetros de ancho que drenan las fosas. Las tuberías permanecen cerradas hasta que se acumula una cantidad suficiente de aguas negras para crear una buena presión de expulsión; después, las fosas se abren y todo se expulsa a un gran estanque de contención.

La temperatura dentro de las casas de los cerdos está a menudo arriba de los noventa grados. El aire, saturado casi al punto de la precipitación con gases del excremento y los químicos, puede ser letal para los cerdos. Enormes ventiladores funcionan veinticuatro horas al día. Los sistemas de ventilación funcionan como los ventiladores de pacientes terminales: si se descomponen por un largo periodo de tiempo, los cerdos empiezan a morirse.

Consideren lo que sucede cuando esas formas de producción de puercos masivas se mueven a un territorio no regulado donde las autoridades mexicanas permiten que intereses millonarios hagan negocios sin una supervisión adecuada, abusando de los trabajadores y del ambiente. Y ahí está: la violencia provocada por el TLC en términos humanos claros y entendibles.

La llamada “influenza porcina” explotó porque un desastre ambiental simplemente se mudó (y con ello, despojó a trabajadores estadounidenses de sus empleos) a México donde las leyes de seguridad ambiental y laboral, si es que existen, no se aplican a poderosas corporaciones multinacionales.

Las falsas construcciones mentales de fronteras —del tipo que provocan que los ciudadanos de EU y México se imaginen que una variedad de influenza como esta invade sus países desde otros lugares— están sufriendo un gran revés esperado desde hace tiempo gracias al frenesí de la “influenza porcina” por parte de los medios. En este caso, la política comercial EU-México creó una bomba de tiempo en Veracruz que ya ha asesinado a más de 150 ciudadanos mexicanos, y al menos a un niño en los EU, creando una placa de Petri gigante en las granjas de cerdos para producir tocino y jamón para la venta internacional.

Nada de esto indica que esta variedad de influenza se haya generado en México, sino, por el contrario, que el Tratado de Libre Comercio de América del Norte creó las condiciones óptimas para que el influenza se gestara y se convirtiera, como mínimo, en una epidemia en La Gloria y, ahora, en la ciudad de México, y que amenace con convertirse en una pandemia internacional.

Bienvenidos a las secuelas del “libre comercio”. Las autoridades ahora quieren que ustedes tomen un cubrebocas y eviten el contacto humano hasta que, ojalá, el brote termine. Y si usted empieza a sentirse mareado, o con fiebre, o algún otro síntoma comienza a molestarlo, o a sus hijos, recuerde esto: el nombre real de esta enfermedad es la “Influenza TLC”, la primera de muchas nuevas enfermedades que emergerá a nivel internacional como el resultado directo de los acuerdos de “libre comercio” que permiten a compañías como Granjas Smithfield escapar de las leyes de salud, seguridad y ambientales.


How “The NAFTA Flu” Exploded

Smithfield Foods Fled US Environmental Laws to Open a Gigantic Pig Farm in Mexico, and All We Got Was this Lousy Swine Flu


By Al Giordano
Special to The Narco News Bulletin

April 29, 2009

US and Mexico authorities claim that neither knew about the “swine flu” outbreak until April 24. But after hundreds of residents of a town in Veracruz, Mexico, came down with its symptoms, the story had already hit the Mexican national press by April 5. The daily La Jornada reported:

Clouds of flies emanate from the rusty lagoons where the Carroll Ranches business tosses the fecal wastes of its pig farms, and the open-air contamination is already generating an epidemic of respiratory infections in the town of La Gloria, in the Perote Valley, according to Town Administrator Bertha Crisóstomo López.

The town has 3,000 inhabitants, hundreds of whom reported severe flu symptoms in March.

CNN’s Dr. Sanjay Gupta, reporting from Mexico, has identified a La Gloria child who contracted the first case of identified “swine flu” in February as “patient zero,” five-year-old Edgar Hernández, now a survivor of the disease.

By April 15 – nine days before Mexican federal authorities of the regime of President Felipe Calderon acknowledged any problem at all – the local daily newspaper, Marcha, reported that a company called Carroll Ranches was “the cause of the epidemic.”

La Jornada columnist Julio Hernández López connects the corporate dots to explain how the Virginia-based Smithfield Foods came to Mexico: In 1985, Smithfield Foods received what was, at the time, the most expensive fine in history – $12.6 million – for violating the US Clean Water Act at its pig facilities near the Pagan River in Smithfield, Virginia, a tributary that flows into the Chesapeake Bay. The company, according to the US Environmental Protection Agency (EPA) dumped hog waste into the river.

It was a case in which US environmental law succeeded in forcing a polluter, Smithfield Foods, to construct a sewage treatment plant at that facility after decades of using the river as a mega-toilet. But “free trade” opened a path for Smithfield Foods to simply move its harmful practices next door into Mexico so that it could evade the tougher US regulators.

The North American Free Trade Agreement (NAFTA) came into effect on January 1, 1994. That very same year Smithfield Foods opened the “Carroll Ranches” in the Mexican state of Veracruz through a new subsidiary corporation, “Agroindustrias de México.”

Unlike what law enforcers forced upon Smithfield Foods in the US, the new Mexican facility – processing 800,000 pigs into bacon and other products per year – does not have a sewage treatment plant.

According to Rolling Stone magazine, Smithfield slaughters an estimated 27 million hogs a year to produce more than six billion pounds of packaged pork products. (The Veracruz facility thus constitutes about three percent of its total production.)

Reporter Jeff Teitz reported in 2006 on the conditions in Smithfield’s US facilities (remember: what you are about to read describes conditions that are more sanitary and regulated than those in Mexico):

Smithfield’s pigs live by the hundreds or thousands in warehouse-like barns, in rows of wall-to-wall pens. Sows are artificially inseminated and fed and delivered of their piglets in cages so small they cannot turn around. Forty fully grown 250-pound male hogs often occupy a pen the size of a tiny apartment. They trample each other to death. There is no sunlight, straw, fresh air or earth. The floors are slatted to allow excrement to fall into a catchment pit under the pens, but many things besides excrement can wind up in the pits: afterbirths, piglets accidentally crushed by their mothers, old batteries, broken bottles of insecticide, antibiotic syringes, stillborn pigs—anything small enough to fit through the foot-wide pipes that drain the pits. The pipes remain closed until enough sewage accumulates in the pits to create good expulsion pressure; then the pipes are opened and everything bursts out into a large holding pond.

The temperature inside hog houses is often hotter than ninety degrees. The air, saturated almost to the point of precipitation with gases from shit and chemicals, can be lethal to the pigs. Enormous exhaust fans run twenty-four hours a day. The ventilation systems function like the ventilators of terminal patients: If they break down for any length of time, pigs start dying.

Consider what happens when such forms of massive pork production move to unregulated territory where Mexican authorities allow wealthy interests to do business without adequate oversight, abusing workers and the environment both. And there it is: The violence wrought by NAFTA in clear and understandable human terms.

The so-called “swine flu” exploded because an environmental disaster simply moved (and with it, took jobs from US workers) to Mexico where environmental and worker safety laws, if they exist, are not enforced against powerful multinational corporations.

False mental constructs of borders – the kind that cause US and Mexican citizens alike to imagine a flu strain like this one invading their nations from other lands – are taking a long overdue hit by the current “swine flu” media frenzy. In this case, US-Mexico trade policy created a time bomb in Veracruz that has already murdered more than 150 Mexican citizens, and at least one child in the US, by creating a gigantic Petri dish in the form pig farms to generate bacon and ham for international sale.

None of that indicates that this flu strain was born in Mexico, but, rather, that the North American Free Trade Agreement created the optimal conditions for the flu to gestate and become, at minimum, epidemic in La Gloria and, now, Mexico City, and threatens to become international pandemic.

Welcome to the aftermath of “free trade.” Authorities now want you to grab a hospital facemask and avoid human contact until the outbreak hopefully blows over. And if you start to feel dizzy, or a flush with fever, or other symptoms begin to molest you or your children, remember this: The real name of this infirmity is “The NAFTA Flu,” the first of what may well emerge as many new illnesses to emerge internationally as the direct result of “free trade” agreements that allow companies like Smithfield Foods to escape health, safety and environmental laws.




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