Thursday, June 25, 2009



Soledad Loaeza

No se puede culpar a nadie de los líos en que está metida la izquierda mexicana más que a sus mismos integrantes. La competencia con la derecha y el gobierno panista no han jugado un papel relevante en el imparable desmoronamiento del PRD; no hay rastro de que Washington o el Vaticano hayan conspirado contra la consolidación del gran partido de izquierda que necesita el país. En cambio, día con día presenciamos las insinuaciones y los insultos que intercambian entre sí perredistas, lopezobradoristas, petistas, convergencionistas, para no mencionar los desplantes del propio Andrés Manuel López Obrador, que sólo confirman los peores prejuicios en su contra.

¿Cuál pudo ser el impacto de la imagen ampliamente difundida del episodio en Iztapalapa en el que pidió –o exigió– a Juanito, el candidato del PT, que se comprometiera a renunciar a la victoria en favor de Clara Brugada? En esta suerte de ceremonia se erigió en gran elector, en jefe máximo, cuyas decisiones tienen un tufillo callista, tan envejecido y fuera de lugar, como un Packard de 1937 que participara hoy en una carrera en la Magdalena Mixhuca.

Quizá detrás del anuncio del compromiso de Juanito a renunciar a una posible victoria hay argumentos sólidos y convincentes, así como negociaciones equitativas, y acuerdos de caballeros –y de damas–, pero todo ello no disipa la imagen de López Obrador imponiendo sus órdenes por encima de cualquier mecanismo medianamente institucionalizado. Uno de los enemigos históricos de la izquierda fue el presidencialismo que sustentaba la hegemonía del PRI, de suerte que cuesta trabajo reconciliar esta trayectoria con el estilo de liderazgo lopezobradorista, que, en cambio, se complace en demostrar que el jefe es él: López Obrador.

El tipo de líder como jefe máximo que se empeña en sostener Andrés Manuel López Obrador plantea varios problemas. El primero es que alimenta la desconfianza que en muchos inspira un político que sólo acepta las reglas del juego si le convienen y cuando le convienen. Su comportamiento nos remite a un pasado que queremos superar, en el que la voluntad del presidente valía más que millones de votos, de ahí que provoque rechazo en amplios sectores de la opinión pública. Él afirma que representa a muchos mexicanos; ciertamente, en 2006 obtuvo el respaldo de más de 34 por ciento del electorado. Sin embargo, no hay ninguna prueba objetiva de que ese apoyo haya perdurado, y de que hoy su candidatura a cualquier cargo de elección contaría con un respaldo semejante.

Un segundo problema para el jefe máximo es que ni siquiera dentro de la izquierda es reconocido como tal, a menos de que hablemos de un máximo relativo, pero no incurramos en aberraciones. Hoy día, en el lopezobradorismo no sobran los fieles. El liderazgo de la izquierda está fracturado y enfrentado. Esto significa que las decisiones de Andrés Manuel son cuestionadas por muchos, sus posturas no son compartidas por sus antiguos votantes y compañeros de partido, sus retruécanos retóricos y sus ires y venires de opinión solamente generan confusiones entre quienes, a pesar de todo, quieren creer en él.

Además, dentro de la propia izquierda hay otros que, si no son líderes, son dirigentes. Le disputan autoridad en el seno de la izquierda desde una posición institucional que les da recursos y fuerza, aunque no falta quien los rechace.

El tercer problema que enfrenta López Obrador para afianzar su autoridad de jefe máximo es que en realidad no sabe, y tampoco nosotros, quiénes son sus jefaturados. Sus asesores más cercanos sostienen que si lo expulsan del PRD el partido perdería 80 por ciento de su militancia. ¿Será? Una apuesta de ese alcance supone la inexistencia de redes de intereses, la debilidad de los vínculos y de las estructuras partidistas que se han construido desde hace dos décadas, pues no hay que olvidar que el PRD cumple en 2009 20 años –y extrañamos el festejo–, y apuesta todo a la fuerza irresistible del jefe máximo. ¿Será? ¿Será que los perredistas son impermeables a los errores y a las debilidades de López Obrador, y que lo quieren a pesar de todo? ¿Creen que, si acaso en 2012 Marcelo Ebrard gana la candidatura presidencial, estará dispuesto, como Juanito, a renunciar a su posible victoria para ceder la banda tricolor al jefe máximo?

Los conflictos que actualmente desgarran a la izquierda mexicana no son un pleito de familia. Las consecuencias de sus enfrentamientos y de las fracturas nos afectan a todos, porque no hay duda de que el bipartidismo PRI-PAN es una vía insostenible, y de que una experiencia democrática viable exige la existencia de un partido de izquierda creíble, atractivo, novedoso, ajeno a las tradiciones del viejo PRI y a las envejecidas querellas de una izquierda que no deja de mirar hacia atrás, como si proviniera sólo de un pasado glorioso, y no de una historia también de sectas, de conflictos y de actos suicidas.





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