Saturday, June 27, 2009


El paraiso sureño de la explotación sexual

MANUEL DE LA CRUZ

SUCHIATE, Chis., 25 junio (apro-cimac).- Leticia es una niña centroamericana de 14 años que llegó a esta ciudad en busca del "sueño americano", pero terminó prostituyéndose en una cantina de este municipio fronterizo con Guatemala.


Han pasado casi dos años desde que dejó su país natal y, a pesar de las duras condiciones que enfrenta, sigue viva su idea de trasladarse al norte del país para cruzar a Estados Unidos, su objetivo final. Sabe que la deportación es casi segura, según sus propias palabras, pero ni eso la detiene en su idea de cruzar la frontera, alternativa que encontró ante la miseria y el incierto futuro en su lugar de origen.


Su situación no es diferente a la de cientos de menores de edad que se ven atrapadas en las redes del comercio sexual fronterizo, cuyos operadores les ofrecen "el camino para conseguir dinero rápido".


Son víctimas de explotación de las redes internacionales de tratantes de personas que las enganchan antes o después de cruzar el río Suchiate o en los "puntos ciegos" (caminos de extravío) a lo largo de la frontera. "Esclavas sexuales", las consideran las organizaciones de la sociedad civil que luchan en su favor.


En 2007 Leticia cruzó por primera vez la frontera entre Guatemala y México con la idea de quedarse a trabajar aqui y después traer a su familia, lejos de la miseria y la violencia que viven en su país. Desde entonces ha cruzado en seis ocasiones.


Primero se empleó como trabajadora doméstica; luego se convirtió en mesera de una cantina, y finalmente se vio obligada a prostituirse ante la urgencia de dinero.



Un "pollero" le ofreció, por 3 mil 500 dólares, conducirla a la frontera con Estados Unidos, donde otro contacto la trasladaría a Texas o al estado que eligiera con un supuesto empleo que la estaría esperando, cuenta la adolescente. El trato se cerró: una parte en efectivo y otra en especie.


Junto con otras y otros migrantes centroamericanos, fue llevada al costeño municipio de Arriaga. En el camino, lograron evadir redadas policíacas que buscan inhibir el paso de indocumentados. Siguieron hasta Oaxaca pero, dice Leticia, que en Chahuites presintió que las cosas no saldrían bien y reconsideró la partida.


"Sentí desconfianza, miedo, mi corazón me decía que no iba salir bien", asegura ahora con más calma. Sin dinero ni ayuda regresó a Suchiate, donde conoció a Mariela, también adolescente centroamericana, quien le habló sobre un trabajo de mesera.


Originaria de San Pedro Sula, Honduras, Mariela -al igual que miles de centroamericanas- no ha logrado cruzar la frontera de Estado Unidos, por lo cual ha tenido que quedarse en este punto fronterizo de 700 kilómetros, donde confluyen México, Guatemala y Belice, convertido hoy en centro de operación de las redes de comercio sexual que explotan a niñas y mujeres de 12 a 30 años de edad.


La porción chiapaneca de esta zona de explotación sexual corresponde a más de 18 municipios cercanos a Guatemala.


No son casos aislados


En Tuxtla Chico, es común que niñas y jóvenes centroamericanas sean prostituidas en establecimientos de la zona comercial, situada no muy lejos de la caseta migratoria de Talismán.



El director del Movimiento Ciudadano de la Frontera Sur, Juan José González, reconoció que el fenómeno de la prostitución se ha incrementado en la región de modo alarmante. "No son casos aislados", señala.


En las calles, cantinas, discotecas, afuera de escuelas o centros comerciales de ciudades como Suchiate, Tapachula, Cacahoatán, Tuxtla Chico o Huixtla, es común encontrar mujeres de diferentes edades ejerciendo la prostitución.


Según estudios del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) y de la Red de Organizaciones para la Explotación Sexual Comercial de Niños, Niñas y Adolescentes (ECPAT), las cifras oficiales sobre la explotación sexual son difíciles de conseguir.


Sin embargo, estiman que más de 24 mil menores de edad son víctimas de explotación sexual o de pornografía infantil a lo largo y ancho de México, desde finales de 2008. El comercio sexual deja ganancias superiores a los 12 mil millones de dólares en el mundo, dice González.


Por lo pronto, mientras Leticia es víctima de explotación sexual, la directora del Instituto Nacional de Migración, Cecilia Romero, declaró al diario El Universal que el tráfico de inmigrantes, trata de mujeres, redes de pederastia, plagio y violencia contra miles de migrantes, sólo son "males de la humanidad" que México no puede erradicar.



La historia de Leticia


Leticia, como miles de púberes y jóvenes que caen en ese submundo de la explotación sexual infantil en México, sobrevive entre ebrios, en esta zona de 700 kilómetros de frontera con Guatemala y Belice.


Tenía 12 años cuando llegó sola a Chiapas por primera vez, con la ilusión de continuar viaje y cruzar la frontera estadunidense en busca de un mejor futuro. Ahora, en su sexto intento, trabaja en una cantina de la zona. Apenas ha cumplido 14 años de edad.


Es común encontrar hombres armados en las cantinas que abundan en este municipio, considerado uno de los más peligrosos del estado.


Leticia cuenta que no tuvo que vender su virginidad, como muchas de sus compañeras, que cobran entre 2 mil 500 y 3 mil pesos a su primer cliente. "Yo quería casarme con mi novio, pero me dejó cuando supo que estaba embarazada; aborté a los dos meses, de decepción", expresa Leticia, en cuyos ojos infantiles se proyecta una madurez postiza.


Ella es una es de las adolescentes más requeridas en esta cantina a orillas del río Suchiate. Vive librada a sus propias fuerzas, entre la violencia, el abuso y la soledad, como muchísimas más menores de edad quienes obtienen dinero a cambio de ser prostituidas para juntar el dinero que les permita continuar su camino a Estados Unidos.


Leticia asegura que muchos clientes no sólo quieren tener sexo, sino que los fotografíen o los graben en cintas de video o en teléfonos celulares, a cambio de una cantidad adicional. Y por las buenas o por las malas. Las jóvenes que no acceden son lastimadas. Añade que en los hoteles hay cámaras ocultas en puntos estratégicos, para que no se den cuenta que las graban.


Los cónsules de Centroamérica admiten que el fenómeno de la explotación sexual y pornografía infantil es tan delicado como complicado, por lo que su abordaje requiere la colaboración de las autoridades del hemisferio para combatir y castigar ejemplarmente a los responsables.



Ciertamente, los legisladores mexicanos han aprobando leyes que castigan con mayor severidad estos delitos, pero las redes criminales cuentan con la protección de miembros de las mismas corporaciones policíacas, que reciben dinero o incluso los servicios sexuales de las adolescentes. No es casual que los policías municipales y agentes de migración acumulan el mayor número de denuncias.


La zona más peligrosa


Expertos en asuntos fronterizos como la académica alemana Katherine Dorotea Zeiske, considera que la porosidad de la frontera la convierte en la zona más peligrosa para los inmigrantes.


Hoy, los indocumentados exploran nuevos caminos para internarse en México; los que existían fueron modificados por el paso del huracán Stan, que ocasionó inundaciones en 45 municipios en 2005.


Zeiske dice que a lo largo de los 300 kilómetros que recorría el ferrocarril de Tapachula a Arriaga, operan asaltantes de caminos a mano armada, pandilleros de la Mara Salvatrucha o agentes policíacos o de inmigración corruptos que centran sus ataques en los aspirantes del sueño americano.


Por su parte, la Procuraduría de Justicia estatal ha desmantelado este año tres bandas dedicadas a la explotación sexual de menores de edad en Tapachula, Tuxtla Gutiérrez y Rayón. Al menos 14 detenidos enfrentan cargos por lenocinio, asociación delictuosa y lesiones, entre otros.


Las menores liberadas eran obligadas ha ejercer más de 12 horas al día como esclavas sexuales; debían cubrir una cuota de 2 mil pesos diarios y a cambio recibían un plato de arroz con frijoles. Son, apenas, la punta de un ominoso iceberg.


Andrea y Dulce, de 13 y 17 años respectivamente, inmigrantes salvadoreñas, llegaron con sus padres hace más de cinco años a Tuxtla Gutiérrez. Aseguran que su padre las obligó a trabajar en la prostitución porque necesitaba dinero para beber. La madre de las niñas no opuso resistencia.


La inexperiencia las llevó a convivir con clientes de manera habitual. La primera tiene un bebé de ocho meses que procreó con un muchacho que la abandonó a su suerte. La segunda, ahora está embarazada; desconoce quién es el padre de su hijo.



Como Leticia, las dos menores de edad aceptan ser prostituidas porque no conocen otro mundo. Y siguen soñando con llegar, un día, a Estados Unidos.




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