Monday, September 29, 2008



Gonzalo Martínez Corbalá
gonzalotoribio@prodigy.net.mx


Si aceptamos como definición de guerra fría el enfrentamiento que tuvo lugar durante el siglo XX entre los bloques occidental capitalista, liderado por Estados Unidos, y oriental-comunista, encabezados por la Unión Soviética, en el orden de lo político y lo ideológico, lo económico, tecnológico, militar e informativo, entonces hay que hacer algunas consideraciones. Ninguno de los dos bloques tomó acciones directas contra el otro, y ésta fue la razón por la que se denominó guerra fría a ese largo conflicto, que en realidad se inició al término de la Segunda Guerra Mundial.

Se puede afirmar que terminó como tal con el siglo XX, aunque muchos analistas piensan que se estaba configurando otra nueva guerra fría –materia de este artículo–, por lo visto, según aceptarán esos teóricos de la política internacional, ésta no ganó la carrera de la historia, por la crisis económica de la gran potencia –que constituye la cumbre del poder mundial con carácter monopolar– que ha aflorado en estos días. Nosotros pensamos que ya se venía integrando desde principios de siglo simultáneamente con el resurgimiento de Rusia.

El resurgimiento de Rusia se ha venido perfilando a medida que la problemática del petróleo en el mercado internacional se ha presentado en el panorama universal como factor decisivo para la autonomía de un país, si tiene hidrocarburos, o bien para su dependencia completa de su economía si no los tiene. Desde luego que estamos hablando de la relación entre producción interna, importación y consumo, como es el caso de Estados Unidos, que si bien produce, por un lado, aproximadamente 10 millones de barriles diarios dentro de sus fronteras, la voracidad de su sistema industrial y de las características estructurales y de la sociedad está acostumbrada a mantener un estatus tan alto como sea posible y proporcional al tamaño de su automóvil y al número de vehículos que cada familia usa, así como a otros factores como por ejemplo el número de calefactores o de aires acondicionados que tienen y usan en la casa y en las oficinas, pues todo ello determina que tengan necesidades de importación y de hidrocarburos fósiles que equivalen a otro tanto aproximadamente también de lo que producen internamente. El presidente George W. Bush ha dicho recientemente que esta importación de petróleo y de gas proviene incluso de países “enemigos”.

Luego se incubó otra grave crisis de orden económico y social, que fue la de la vivienda y las hipotecas no pagadas que llevaron a la quiebra a bancos de mucha tradición y prestigio en la potencia del norte, que según las declaraciones de esta semana del presidente Bush y del secretario del Tesoro estadunidense, Henry Paulson, requiere de un rescate de estas instituciones bancarias financieras y de seguros en el orden de 700 mil millones de dólares, lo que, agregado al gasto bélico en Pakistán, Afganistán y, por supuesto en Irak, lleva a una posición muy delicada a la gran potencia.

Poco antes de que se presentara la actual crisis económica en Estados Unidos, el maestro Richard Sakwa escribía en un interesante artículo publicado por Chatham House: “la guerra fría es una categoría que se mantiene tercamente atrincherada en nuestro conocimiento de la política internacional en general. En relación con Rusia, “empezaré viendo el marco de trabajo de la política rusa entre 2000 y 2006, periodo caracterizado por lo que nosotros llamamos un nuevo realismo. Desde aquí me moveré en la develación del nuevo realismo de 2006 y entonces consideraré las características y las causas del concepto putativo de nueva guerra fría”.

Así es que la Rusia poderosa que alcanzó una aplastante victoria frente a Georgia para asegurar su predominio en Osetia del Sur y en Abjazia, mediante una movilización que dio inicio y terminó en dos semanas en agosto pasado, resurge ahora en un panorama mundial en el que su rival tradicional, Estados Unidos, ya tiene bastante con la crisis interna de orden económico que el presidente Bush reclama que se resuelva mediante la unidad de republicanos y demócratas, que no parecen muy dispuestos a unificarse en el momento en que están compitiendo por la presidencia los senadores John McCain y Barak Obama en una lucha electoral que tiene que quedar resuelta inevitablemente el 4 de noviembre, casi al término de la segunda administración de George W. Bush.

Por otra parte, en América Latina el presidente Hugo Chávez ha apoyado fuertemente las elecciones de la presidenta de Argentina, Cristina Kirchner, y el plan de nacionalizaciones que está llevando a cabo el presidente Evo Morales en Bolivia, así como a Rafael Correa, de Ecuador, quien también está nacionalizando algunas grandes empresas extranjeras.

No parece muy posible, pues, que se dé en estas condiciones y dentro de este contexto mundial una guerra fría, que implica, como hemos dicho, “el enfrentamiento de dos o más potencias que provoca tensiones entre éstas por la formación de bloques en la que cada una de las partes adopta una política que tiende al reforzamiento a expensas del adversario, sin llegar a acciones militares ofensivas que obliguen a las demás potencias a la defensa en este campo”.

El primer ministro ruso Vladimir Putin declaró recientemente que su nación está buscando la integración total en la economía mundial, y al tiempo que destacaba la importancia de la libre inversión afirmó que Rusia ve “cualquier esfuerzo por arrastrar la guerra fría como una amenaza a su modernización”.

Mientras tanto, en el Kremlin el presidente Dimitri Medvedev culpó a la OTAN “por la crisis en Georgia y de que Rusia esté recibiendo presiones a las que no cederá, ni será tampoco empujada al aislamiento para lo que llamó a extender una cortina de hierro, esta vez erigida por Occidente”.

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