Tuesday, June 30, 2009


Es un sicópata, monstruo y bestia, le dijeron víctimas; lo lamento, respondió el ex financista

Afp

Nueva York, 29 de junio. Cabizbajo e impasible, el estafador Bernard Madoff fue sometido este lunes a una retahíla de reproches de sus víctimas, que lo calificaron de sicópata, monstruo o bestia, antes de que un juez federal de Nueva York le aplicara la lapidaria sentencia a 150 años de cárcel.

Sentado junto a sus abogados, de traje y corbata oscuros, el ex financista escuchó sin dar muestras visibles de emoción las declaraciones de nueve de sus miles de víctimas, quienes relataron en la audiencia el drama padecido.

Perdí todos los ahorros de mi vida. No comprendo cómo el gobierno no pudo protegerme, ni tampoco a otros miles de ciudadanos, ni cómo la SEC, el organismo de control bursátil, permitió que este sicópata me robara, manifestó una mujer de 62 años.

Otros sexagenarios llamados a prestar testimonio declararon que tuvieron que volver a trabajar, algunos hasta en tres empleos, para poder sobrellevar su vida.

Sentado frente al juez Denny Chin, Madoff escuchó con la cabeza gacha, dando la espalda a sus víctimas que tomaron la palabra una tras otra.

Todas reclamaron la pena máxima –150 años de cárcel–, tras relatar historias sobre la evaporación de sus ahorros, los insomnios, la pérdida de apetito, la angustia o la depresión, sin olvidar varios decesos.

Espero que su celda sea su ataúd, dijo un hombre de 33 años, que habló en su propio nombre y en el de un pariente fallecido luego de que Madoff admitió en diciembre pasado la amplitud de la estafa.

En una bestia, dijo una septuagenaria. Respira, se viste, come como nosotros, pero debajo de ese caparazón hay una verdadera bestia, a quien no debe permitirse que se mezcle de nuevo con la sociedad.

Ante las acusaciones de ser un monstruo y el mal encarnado, Madoff permaneció estoico, escuchando a sus ex clientes dar rienda suelta a su ira frente al tren de vida decadente del estafador, los regalos a sus familiares, financiados por los 13 mil millones de dólares que le confiaron sus clientes por más de 20 años.

En un discurso de unos cinco minutos, Bernard Madoff, dirigiéndose al juez Chin, declaró con voz monótona que “excusarse no es suficiente.

No hay nada que yo pueda hacer para que cada cual esté mejor. Voy a tener que vivir con este sufrimiento, con este tormento, hasta el fin de mis días.

Evocando el fraude construido a lo largo de los años, hasta su confesión forzada, el financista la justificó como una huida hacia adelante. Cometí un terrible error de juicio: no quería aceptar que, por una vez en mi vida, había fracasado.

Durante escasos segundos se volvió para mirar a sus víctimas, presentes en el fondo de la sala, y les dijo: lo lamento.

Madoff mostró poca emoción cuando el juez Chin explicó la importancia de que el fallo tenga una dimensión simbólica para las víctimas.

Mirando hacia abajo, escuchó al juez relatar no haber recibido ninguna carta de los allegados de Madoff defendiéndolo. Misma indiferencia aparente cuando el juez le recordó una víctima fallecida de un ataque cardiaco tras enterarse de la estafa, o el caso de otra, a quien había abrazado en público asegurándole que su dinero estaba seguro.

Con igual rostro impasible, Bernard Madoff escuchó la condena a 150 años de cárcel.

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