Tuesday, May 27, 2008

Cocaína: de mexicanos para mexicanos


Por Tomado de internet / Proceso

Dia de publicación: 2008-05-25

Jorge Fernández Menéndez Y Ana María Salazar


Mientras en Estados Unidos disminuye el consumo de cocaína, en México aumenta sin cesar. Factores económicos, políticos y socioculturales asociados al consumo de estupefacientes amenazan con hacer de la juventud mexicana actual una generación perdida…Tal es la tesis de Jorge Fernández Menéndez y Ana María Salazar Snack, coautores del libro El enemigo en casa. Drogas y narcomenudeo en México, del cual adelantamos, con autorización de la editorial Taurus, un fragmento del prólogo, titulado: México, de corredor a mercado interno.

(...) Partamos de una base: buena parte del narcotráfico en México gira en torno al negocio de la cocaína. Es verdad que siempre ha habido una alta producción y consumo de mariguana, y una siembra importante de amapola para elaborar goma de opio y sus derivados, entre ellos la heroína; pero la primera nunca se convirtió en un problema de seguridad y salud pública realmente grave, y la segunda se producía, en buena medida, para el tráfico al otro lado de la frontera, aunque existieran lugares del país con altos índices de consumo oculto, por ejemplo Mexicali. Pero el núcleo del narcotráfico mexicano desde los años ochenta es la cocaína: los grandes cárteles, los recursos económicos, la transformación del narcotráfico en una gran industria trasnacional se deben a ella. Desde 1994, sin pausa y en progresión geométrica, se ha incrementado el consumo de cocaína y sus derivados en México: se consiguen a precios cada vez más bajos (en ocasiones el equivalente a un dólar por dosis), resultan accesibles en cualquier lugar del país sin mayores dificultades y su consumo va de la mano con un aumento –también muy significativo– del consumo de drogas sintéticas y alcohol entre los jóvenes. Para entender por qué ha sucedido esto, se debe hacer un estudio de mercado y otro sociopolítico.

Si se analiza el problema actual de las drogas como mercado, tenemos una situación muy peculiar. Es verdad que el consumo de cocaína, sobre todo en Estados Unidos, no ha aumentado en los últimos años; incluso, si atendemos a las cifras oficiales del gobierno estadunidense, ha disminuido aunque sea en forma tangencial, en buena medida gracias a que también comienza, si bien en décimas porcentuales, a disminuir el aprovisionamiento de cocaína, tanto la proveniente de Colombia como la que cruza por fronteras mexicanas. No se trata de cifras muy significativas (en 2005 la disminución fue de un punto porcentual) pero, según las autoridades estadunidenses, podrían indicar una tendencia.

Esa disminución se da porque hay una mayor cantidad de detenciones y decomisos de droga en distintos puntos del Caribe y de la frontera mexicana, y no ha aumentado cuantitativamente el número de consumidores de cocaína en Estados Unidos. Eso no significa una disminución del consumo de drogas: ha aumentado, y en forma importante, pero recordemos que las drogas se relacionan cada vez más con modas, y lo que hoy predomina entre los jóvenes estadunidenses es el consumo de drogas sintéticas: tanto metanfetaminas como el éxtasis y sus derivados.

A lo largo de los años, el uso de drogas en ese país ha variado también con cada generación. La de los sesenta y principios de los setenta fue la de la mariguana y el LSD; en la medida en que fue creciendo, abandonó esas drogas y, salvo en el caso de la mariguana, quienes no se quedaron en el camino se han convertido en los llamados “consumidores sociales”. Hoy abundan las películas que muestran a adultos mayores de 35 años consumiendo mariguana sin que se haga un juicio moral sobre ello y sin considerarlo siquiera motivo de controversia.

La de los ochenta y noventa fue la generación de la cocaína: los consumidores comenzaron a utilizarla cuando tenían aproximadamente 20 años y ahora, mayores, la siguen consumiendo, pero de manera moderada, por lo menos los estadunidenses. En cuanto a sus derivados –como el crack, basura de la cocaína–, siguen inundando en buena proporción las calles de las ciudades más pobres y muchas escuelas del país.

Lo que está cada vez más de moda entre la juventud estadunidense, desde hace aproximadamente cinco años, son las drogas sintéticas derivadas de anfetaminas y metanfetaminas, lo que podríamos denominar genéricamente éxtasis. Su producción requiere precursores químicos fáciles de conseguir y se puede realizar en cualquier lugar, sin campos de cultivo y de forma sencilla: En la cocina de una casa y con componentes simples se puede sintetizar una importante cantidad de droga para cualquier traficante callejero. Grandes bandas se dedican a la producción de drogas sintéticas en Estados Unidos, y éstas pueden encontrarse prácticamente en cualquier lugar, por respetable que parezca. Por ejemplo, a finales de 2005, en uno de los restaurantes más importantes de Las Vegas, el personal de limpieza ofrecía candies de todo tipo a quienes ingresaban al lugar; no todos acepta-ban, pero nadie parecía molesto por la oferta.

En este momento, el panorama de la droga en Estados Unidos es el siguiente: un alto consumo de drogas sintéticas –éxtasis– (no hay cifras precisas so-bre el volumen) entre jóvenes que las pue-den conseguir en cualquier lugar –discotecas o centros nocturnos– con una facilidad pasmosa, porque son difíciles de detectar. Los precursores químicos para producir estas drogas provienen cada vez más de Asia (y en el futuro también llegará de allí la droga ya “industrializada”). Además, persiste el consumo “social” de mariguana, pero ahora más de la mitad de ese consumo anual se produce en Estados Unidos, y no solamente en macetas o cultivos para uso personal, sino en grandes extensiones en distintos lugares del país y, sobre todo, en parques nacionales. Cabe seña-lar que se ha hablado de la participación en dichos cultivos de grupos mexicanos, particularmente de los Arellano Félix.

¿Qué se está propiciando?

La droga –en este caso la cocaína–, como cualquier producto de consumo, necesita un mercado; si éste se agota, se abre otro. Como consecuencia se ha generado un aumento espectacular (“la gran marea blanca”, la calificó el periódico español El País) del consumo de cocaína en Europa, y particularmente en España: no solamente es el principal centro de consumo, sino también de almacenamiento de cocaína que luego se distribuye en el resto del continente. Recordemos que Europa tuvo un consumo relativamente bajo en los últimos años: había otras drogas con mucha mayor influencia, particularmente los opiáceos, como la heroína. Sin embargo, ésta ha pasado de moda entre los jóvenes europeos, además de que las intervenciones militares en Irak y Afganistán dificultan su traslado y reducen el volumen de consumo en Europa (aunque no se han afectado los territorios de producción de amapola). La droga nueva, por la que se paga más que en Estados Unidos y Latinoamérica, es la cocaína. Cada vez hay mayores intentos por hacer llegar volúmenes importantes de cocaína a Europa y los cárteles colombianos están controlando el negocio.

En ese sentido, México deja de ser un punto importante para trasladar cocaína hacia Europa: hay países con mayor facilidad de traspaso, como los del Caribe, Venezuela, la propia Colombia y, cada vez más, Brasil y Argentina. De todas formas, los cárteles mexicanos conservan un papel fundamental en el aprovisionamiento de drogas hacia Estados Unidos, y el porcentaje de cocaína que se consume ahí es mayor que el europeo. Pero la tendencia está cambiando: poco a poco, el volumen de cocaína que los cárteles mexicanos deben aprovisionar a Estados Unidos disminuye. Datos extraoficiales de 2005 del gobierno federal mexicano establecen que, por primera vez en muchos años, algunos cárteles mexicanos habrían obtenido más utilidades en Estados Unidos por el comercio de mariguana que por el de cocaína, lo que no ocurría desde finales de los ochenta.

¿Qué está pasando entonces?

Una gran cantidad de cocaína se queda en el mercado mexicano. No es, como han dicho las autoridades, simplemente que las fronteras estén cerradas y por eso la droga no llega a Estados Unidos; esto no es verdad o es una verdad a medias. Lo que sucede es que hay una demanda menor de cocaína en Estados Unidos, y una enorme can-tidad de esa droga depositada en este país asegura el consumo por muchos meses, pero los cárteles del narcotráfico mexicano deben seguir financiándose.

La venta de mariguana ha sido tradicional en Méxi-co; así mismo, la producción de opiáceos derivados de la amapola se mantiene sin mayores cambios, pero ¿qué ocurre con toda esa cocaína estancada en el merca-do? Cada vez más cárteles deben dedicar una parte de la oferta y de su estructura operativa a atender el consumo nacional; como todo empresario, buscan am-pliar su mercado, y en este caso aprovisionar cocaí-na a precios relativamente baratos para incrementar sus consumidores. Hoy la cocaína (o sus derivados, en muchas ocasiones de una calidad infame) es una droga plenamente accesible para sectores populares, y gracias a ello comienzan a crecer los cárteles o sus ramas, que ya no están interesados en enviar la droga hacia Estados Unidos.

Así, han surgido dos tipos de organizaciones, una de ellas paradigmática, porque fue la primera con sus características que se conoció públicamente: la de Ma Baker, quien aprovisionaba el centro y el oriente de la Ciudad de México, y parte del Estado de México. Como ésta existen hoy unas 40 bandas operan-do en el área metropolitana de la Ciudad de México con infinidad de células de distribución. Otra organi-zación la creó Osiel Cárdenas, con base en la Ciudad de México, y se dedicó exclusivamente al narcome-nudeo; todas sus utilidades se destinaban a montar el esquema de protección de pagos que tenía Cár-denas en el penal de La Palma y en otros lugares. El esquema de corrupción se pagaba a partir de las estructuras del narcomenudeo.

En el pasado esto no hubiera ocurrido; sim-plemente, esas estructuras y grupos se hubieran fi-nanciado de forma tradicional, con los recursos que provenían de la droga exportada, porque era más re-dituable colocarla en Estados Unidos que en nuestro mercado. Pero hoy, sin que haya disminuido en for-ma notable el producto destinado a Estados Unidos, es evidente que la oferta es mucho mayor, por lo que se torna rentable colocarla dentro de nuestro país.

De esta manera, tenemos un mercado internacional en el cual Estados Unidos está cambiando sus hábitos; se mantiene el consumo de cocaína, pero poco a poco se va reduciendo. En los próximos años, además, la tendencia indica que los jóvenes consumirán más drogas sintéticas, que pueden proveer sin mayores problemas los propios grupos y cárteles estadunidenses. Al mismo tiempo, el consumo de cocaína crece en forma muy importante –hasta convertirse en la droga más atractiva en estos momentos– en Europa; para este mercado México termina siendo una vía de tránsito relativamente marginal.

Pero nadie abandona un negocio de miles de millones de dólares: A México se puede hacer llegar cocaína en cantidades muy importantes, y hay mucha droga depositada en el país. Por eso, las organizaciones mexicanas tienen que hacerse fuertes y controlar mayor territorio, porque la producción de amapola comienza a ser muy importante para mantener utilidades; sigue teniendo peso la producción de mariguana para aprovisionar parte del mercado estadunidense (aunque recordemos que la mitad de la mariguana que se consume ahí se produce localmente) y existe un gran volumen de cocaína que debe distribuirse en el mercado interno mexicano, cuyas posibilidades de consumo son altas. A ello se agrega que ha bajado bastante el precio de esa droga al llegar a México; en muchas ocasiones también la cocaína (aunque sea de mala calidad) puede ser accesible para los grupos de menores ingresos y los muy jóvenes, como sucede no sólo en la frontera norte, sino prácticamente en todo el país.

En términos económicos, se han dado todas las condiciones para un negocio lucrativo: un producto con oferta amplia, precio accesible y distribución nacional, y un mercado dispuesto a consumir y pagar por el producto. Socialmente, además, las circunstancias de los jóvenes, sobre todo la falta de oportunidades laborales y de estudio, representan un campo propicio para el consumo de drogas. No se requiere nada más.

Eso es lo que estamos viviendo, y la situación se agudizará en la medida en que baje el consumo de cocaína en Estados Unidos y crezca en Europa. Y no olvidemos que, por la “característica” del “negocio”, si aumenta el consumo de drogas dentro del país, la necesidad de un mayor control territorial (desde regiones completas hasta la esquina de cualquier ciudad) se torna imprescindible, lo cual lleva a que haya mayor violencia entre las distintas organizaciones del narcotráfico; porque, al mismo tiempo que requieren control territorial para producir droga, lo necesitan también para venderla. Y las distintas bandas y células encargadas del narcomenudeo generan, a su vez, mayor violencia y corrupción entre las fuerzas policiales. Lo anterior influye en la creciente violencia coti-diana, en los índices de inseguridad que vive el país; sumémosle a ello la dinámica que se propicia cuando el joven consumidor se transforma en adicto y requiere de recursos para mantener su adicción; luego ubiquemos todo en un contexto de desinformación y ausencia de medidas legales –tanto para atacar el fenómeno desde el punto de vista policial como de seguridad y salud pública–, y sazonémoslo con la pérdida de valores culturales tradicionales y la gene-ración de toda una cultura popular que gira en torno al narcotráfico… y el escenario queda listo para que la actual pueda convertirse, efectivamente, en una generación perdida. Nuevamente el enemigo, el verdadero enemigo, no está fuera: está en casa.



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